viernes, 5 de enero de 2007

El crimen de la cinta métrica

El crimen de la cinta métrica, Agatha Christie



Asiendo el llamador, la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un tanto al hacerlo, y tuvo que volver a colocarlo en su sitio. En aquel paquete llevaba el nuevo vestido de invierno de la señora Spenlow, de color verde, dispuesto para la prueba. De la mano izquierda de la señorita Politt pendía una bolsa de seda negra, que contenía la cinta métrica, un acerico de alfileres y un par de tijeras grandes y prácticas.

La señorita Politt era alta y delgada, de nariz puntiaguda, labios finos y cabellos grises. Vaciló unos momentos antes de llamar por tercera vez. Mirando al final de la calle, vio una figura que se aproximaba rápidamente y la señorita Hartnell, jovial y curtida, con sus cincuenta y cinco años, le gritó con su voz potente y grave:

-¡Buenas tardes, señorita Politt!

La modista respondió:

-Buenas tardes, señorita Hartnell -su voz era extremadamente suave y moderada. Había comenzado a trabajar como doncella en casa de una gran señora-. Perdóneme -prosiguió-, pero ¿sabe por casualidad si está en casa la señora Spenlow?

-No tengo la menor idea.

-Es bastante extraño que no conteste a mis llamadas. Esta tarde tenía que probarle el vestido. Me dijo que viniese a las tres y media.

La señorita Hartnell consultó su reloj de pulsera.

-Ahora es un poco más de la media -contestó.

-Sí. He llamado ya tres veces, pero no contesta nadie; por eso me preguntaba si no habría salido y habrá olvidado que tenía que venir yo. Por lo general no se olvida, y además quería estrenar el vestido pasado mañana.

La señorita Hartnell atravesó la puerta de la verja y llegó al jardín para reunirse con la señorita Politt.

-¿Y por qué no le ha abierto Gladys? -quiso saber-. Oh, no, claro, es jueves... es su día libre. Me figuro que la señora Spenlow se habrá quedado dormida. Me parece que no consigue usted hacer gran ruido con ese chisme.

Y alzando el llamador lo descargó con todas sus fuerzas. Rat-tat-tat-tat y, además golpeó la puerta con las manos. También gritó con voz estentórea:

-¡Eh! ¿No hay nadie ahí dentro?

No obtuvo respuesta.

-Oh, yo creo que la señora Spenlow debe de haberse olvidado y se habrá ido -murmuró la señorita Politt-. Volveré cualquier otro rato.

-Tonterías -replicó la señorita Hartnell con firmeza-. No puede haber salido. Yo la hubiera encontrado. Voy a echar un vistazo por las ventanas para ver si da señales de vida.

Y riendo con su habitual buen humor, para indicar que se trataba de una broma, miró superficialmente por la ventana más próxima, pues sabía que los señores Spenlow no utilizaban aquella habitación, ya que preferían la salita de la parte posterior.

A pesar de ser una mirada superficial consiguió su objetivo. Es cierto que la señorita Hartnell no vio signos de vida. Al contrario, a través de la ventana distinguió a la señora Spenlow tendida sobre las alfombra... y muerta.

-Claro que -decía la señorita Hartnell contándolo después- procuré no perder la cabeza. Esa criatura, la señorita Politt, no hubiera sabido qué hacer. Tenemos que conservar la serenidad -le dije-. Usted quédese aquí y yo iré a buscar al alguacil Palk. Ella protestó diciendo que no quería quedarse sola, pero no le hice el menor caso. Hay que mantenerse firme con esa clase de personas. Les encanta armar alboroto. De modo que cuando iba a marcharme, en aquel preciso momento, el señor Spenlow doblaba la esquina de la casa.

La señorita Hartnell hizo una pausa significativa, permitiendo a su interlocutora que le preguntara impaciente:

-Dígame: ¿qué aspecto tenía?

La señorita Hartnell prosiguió:

-Con franqueza, ¡inmediatamente sospeché algo! Estaba demasiado tranquilo. No se sorprendió lo más mínimo. Y puede usted decir lo que quiera, pero no es natural que un hombre que oye decir que su mujer está muerta no exteriorice la menor emoción.

Todo el mundo tuvo que darle la razón.

La policía también. Y no tardaron en averiguar cuál era su situación después de la muerte de su esposa, descubriendo que ella era rica y que todo su dinero iría a parar a manos del viudo gracias a un testamento hecho a toda prisa poco después del matrimonio, cosa que despertó generales sospechas.

La señorita Marple, la solterona de rostro afable (y según algunos de lengua afilada), que vivía en la casa contigua a la rectoría, fue interrogada muy pronto... a la media hora del descubrimiento del crimen. El alguacil Palk, con una libreta de notas para datos, le dijo:

-Si no le molesta, señora, tengo que hacerle unas preguntas.

La señorita Marple repuso:

-¿Acerca del asesinato de la señora Spenlow?

Palk se sorprendió.

-¿Puedo preguntarle cómo se enteró de ello?

-Por el pescado.

La respuesta fue perfectamente inteligible para el alguacil, quien supuso con gran acierto que el repartidor del pescado le habría llevado la noticia al mismo tiempo que la merluza o las sardinas.

-Fue encontrada en el suelo de la sala estrangulada -continuó la señorita Marple-, posiblemente con un cinturón muy estrecho; pero fuera lo que fuese, no ha aparecido.

-¿Cómo es posible que Fred se entere de todo...? -comenzó a decir Palk.

La señorita Marple lo interrumpió.

-Lleva un alfiler en la solapa.

Palk se miró el lugar indicado.

-Dicen: «Ver un alfiler y cogerlo, y todo el día tendrás buena suerte.»

-Espero que sea verdad. Y ahora dígame, ¿qué es lo que quería decirme?

El alguacil se aclaró la garganta y con aire de importancia consultó su libreta.

-El señor Arturo Spenlow, esposo de la interfecta, ha prestado declaración. El señor Spenlow dice que a las dos y media, según sus cálculos, le telefoneó la señorita Marple para pedirle que fuera a verla a las tres y cuarto, pues tenía precisión de consultarle algo. Dígame, señorita, ¿es cierto?

-Desde luego que no -repuso la señorita Marple.

-¿No telefoneó al señor Spenlow a las dos y media?

-Ni a esa hora ni a ninguna otra.

-¡Ah! -exclamó Palk, retorciéndose el bigote con satisfacción.

-¿Qué más dijo el señor Spenlow?

-Según su declaración, él vino aquí atendiendo a su llamada, y salió de su casa a las tres y diez, y que al llegar, la doncella le comunicó que la señorita Marple «no estaba en casa».

-Eso es cierto -replicó la solterona-. Él vino aquí, pero yo me encontraba en una reunión del Instituto Femenino.

-¡Ah! -volvió a exclamar Palk.

-Dígame, alguacil, ¿sospecha usted acaso que el señor Spenlow haya dado muerte a su esposa?

-No puedo asegurar nada en este momento, pero me da la impresión de que alguien, sin mencionar a nadie, se las quiere dar de muy listo.

-¿El señor Spenlow? -preguntó la señorita Marple, pensativa.

Le agradaba el señor Spenlow. Era un hombre delgado, de pequeña estatura, de hablar mesurado y convencional y el colmo de la respetabilidad. Parecía extraño que hubiera ido a vivir al campo, pues era evidente que había pasado toda su vida en la ciudad, y confió sus razones a la señorita Marple.

-Desde joven tuve deseos de vivir en el campo -le dijo- y tener un jardín de mi propiedad. Siempre me gustaron mucho las flores. Ya sabe, mi esposa tenía una floristería. Es donde la vi por primera vez.

Un simple comentario, pero que dejaba adivinar el idilio: Una señora Spenlow mucho más joven y hermosa, con un fondo de flores.

No obstante el señor Spenlow, en realidad, no sabía nada acerca de las flores... ni de semillas, poda, época de plantación, etc. Sólo tenía una imagen en su mente... la imagen de una casita con un jardín repleto de flores de brillantes colores y dulce aroma. Le pidió que le instruyera, y fue anotando en su libretita todas las respuestas de la señorita Marple.

Era un hombre de ademanes reposados. Y tal vez por eso la policía se interesó por él cuando su esposa fue encontrada asesinada. A fuerza de paciencia y perseverancia averiguaron muchas cosas respecto a la difunta señora Spenlow... y pronto lo supo también todo Saint Mary Mead.

La finada señora Spenlow había comenzado su vida como camarera de una gran casa, que dejó para casarse con el segundo jardinero, y con él puso una tienda de flores en Londres. El negocio había prosperado, pero no así el jardinero, que al poco tiempo enfermó y murió. Su viuda llevó adelante la tienda y tuvo que ampliarla, pues no cesaba de prosperar. Luego la había traspasado a muy buen precio y volvió a embarcarse en un segundo matrimonio... con el señor Spenlow, un joyero de mediana edad, que había heredado un negocio reducido y decadente. Poco después lo vendieron, yendo a vivir a Saint Mary Mead.

La señora Spenlow era una mujer bien educada. Los beneficios del establecimiento de flores los había invertido... «con ayuda de los espíritus», según explicaba a todo el mundo. Y éstos le habían aconsejado con inesperado acierto.

Todas sus inversiones resultaron magníficas. Sin embargo, en vez de afianzarse en sus creencias «espiritistas», la señora Spenlow abandonó las sesiones y los médiums, y se entregó rápidamente, pero de corazón, a una oscura religión con afinidades indias que se basaba en varias formas de inspiraciones profundas. No obstante, cuando llegó a Saint Mary Mead, se adscribió temporalmente a la iglesia anglicana. Pasaba muchos ratos con el vicario, y asistía a los oficios religiosos con asiduidad. Era parroquiana de los comercios de la localidad y jugaba al bridge en las reuniones.

Una vida monótona.., sencilla. Y de repente... el crimen.



El coronel Melchett, jefe de policía, había mandado llamar al inspector Slack.

Slack era un tipo positivista. Cuando tomaba una resolución, no se volvía atrás, y ahora estaba seguro de sus hipótesis.

-Fue el esposo quien la mató, señor -declaró.

-¿Usted cree?

-Estoy completamente seguro. Sólo tiene que mirarlo. Es culpable como el mismo diablo. No demuestra la menor pena o emoción. Volvió a la casa sabiendo que su mujer estaba muerta.

-¿Y no hubiera intentado por lo menos representar el papel de marido desconsolado?

-Él no, señor. Está demasiado seguro de sí mismo. Algunos caballeros no saben fingir.

-¿Alguna otra mujer en su vida? -preguntó el coronel Melchett.

-No he podido dar con el rastro de ninguna. Claro que este hombre es muy listo. Sabe «despistar». Yo creo que estaba harto de su esposa. Ella tenía el dinero y me parece que era de carácter difícil de soportar. Así que a sangre fría decidió deshacerse de ella y vivir cómodamente solo y a sus anchas.

-Sí, supongo que puede haber sido ése el caso.

-Puede usted estar seguro de que fue así. Trazó sus planes con todo cuidado. Fingió una llamada telefónica...

Melchett le interrumpió:

-¿No han podido comprobar la llamada?

-No, señor. Eso significa que, o bien han mentido, o que fue hecha desde un teléfono público. Los únicos teléfonos públicos del pueblo son el de la estación y el de Correos. Desde Correos no llamó. La señorita Blade ve a todo el que entra. En el de la estación, tal vez. Hay un tren que llega a las dos y veintisiete y a esa hora se ve bastante concurrida. Pero lo principal es que él dice que fue la señorita Marple quien lo llamó, y eso, desde luego, no es cierto. La llamada no fue hecha desde su casa, y ella estaba en el Instituto Femenino.

-¿Y no habrá pasado por alto la posibilidad de que alguien quitara de en medio al marido... para poder asesinar a la señora Spenlow?

-Se refiere a Ted Gerard, ¿verdad? He estado investigando..., pero tropezamos con la falta de motivos. Él no iba a ganar nada. Sin embargo, es un indeseable. Y tiene un buen número de desfalcos en su haber.

-Es miembro del Grupo Oxford.

-No digo que no sea un equivocado. No obstante, él mismo fue a confesárselo a su patrón. Dijo que estaba arrepentido y comenzó a devolver el dinero. Y no digo que no fuera una artimaña... pudo pensar que sospechaban y decidir representar la comedia.

-Tiene usted una mentalidad muy escéptica, Slack -dijo el coronel Melchett-. A propósito, ¿ha hablado usted con la señorita Marple?

-¿Qué tiene ella que ver con esto, señor?

-Oh, nada. Pero ya sabe... oye cosas... ¿Por qué no va a charlar un rato con ella? Es una anciana muy inteligente.

Slack cambió de tema.

-Quería preguntarle una cosa, señor: en casa de Robert Abercrombie, donde la difunta trabajaba, hubo un robo de esmeraldas... que valían una fortuna. No aparecieron. He estado calculando... y debió ser cuando estaba allí la señora Spenlow, aunque entonces sería casi una niña. No creerá que estuviera complicada en el robo, ¿verdad, señor? Spenlow, como ya sabe, era uno de esos joyeros de vía estrecha...

-No creo que tuviera nada que ver -repuso Melchett meneando la cabeza-. Entonces ni siquiera conocía a Spenlow. Recuerdo el caso. La opinión policíaca fue que el hijo de la casa, Jim Abercrombie, estaba mezclado en el asunto... Era un joven muy gastador. Tenía un montón de deudas, que pagó precisamente después de ocurrido el robo... El viejo Abercrombie dificultó un poco las cosas... y quiso distraer la atención de la policía.

-Era sólo una idea, señor -dijo Slack.



La señorita Marple recibió al inspector Slack con satisfacción, sobre todo al saber que lo enviaba el coronel Melchett.

-Vaya, la verdad, el coronel Melchett es muy amable. No sabía que me recordaba.

-Me indicó el coronel que viniera a verla, pues, sin duda, sabía todo lo que ocurre en Saint Mary Mead, que valga la pena.

-Es muy amable, pero la verdad es que no sé nada en absoluto. Quiero decir, con respecto a este crimen.

-Pero sabe lo que se murmura.

-Oh, claro..., pero no va una a repetir simples habladurías.

-Ésta no es una conversación oficial -dijo Slack queriendo animarla-, sino una charla en confianza, por así decir.

-¿Y quiere usted saber lo que dice la gente... sea o no verdad?

-Eso es.

-Bien, pues, desde luego, se habla y se imagina mucho. Las opiniones se dividen en dos campos opuestos, no sé si me comprende. Para empezar, hay personas que creen que ha sido el marido. En cierto modo, un marido o una esposa, es el sospechoso más natural, ¿no cree?

-Es posible -repuso el inspector con precaución.

-La vida en común... ya sabe... y muy a menudo la parte monetaria. He oído decir que quien tenía el dinero era la señora Spenlow y que su esposo se beneficia con su muerte. En este perverso mundo, suposiciones menos caritativas a menudo están justificadas.

-Sí, entra en posesión de una bonita suma.

-Por eso... parece muy verosímil que la estrangulara, saliera por la puerta posterior y viniera a mi casa a través de los campos, para preguntar por mí con la excusa de haber recibido una llamada telefónica: luego regresar y descubrir que su mujer había sido asesinada durante su ausencia... Naturalmente, con la esperanza de que achacaran el crimen a cualquier ladrón o vagabundo.

-Y añadiendo a eso la parte monetaria... y si últimamente no se llevaban muy bien... -continuó el inspector.

-¡Oh, pero si se llevaban muy bien! -interrumpió la señorita Marple.

-¿Lo sabe a ciencia cierta?

-¡Si se hubieran peleado lo sabría todo el mundo! La doncella, Gladys Brent, hubiera hecho circular la noticia por todo el pueblo.

-Tal vez no lo supiera -dijo el inspector sin gran convencimiento... y recibiendo a cambio una sonrisa compasiva.

-Y luego tenemos la opinión del otro campo -prosiguió la señorita Marple-: Ted Gerad. Un joven muy simpático. Creo que el aspecto personal tiene mucha importancia sobre los demás. ¡Nuestro último vicario produjo un efecto mágico! Todas las muchachas iban a la iglesia... por la tarde y por la mañana. Y muchas mujeres ya mayores desplegaron una desacostumbrada actividad...; ¡la de zapatillas que le hicieron! Al pobre hombre le resultaba muy violento. Pero... ¿dónde estaba? Oh, sí, hablaba de ese joven, Ted Gerad. Claro que se ha hablado de él. Venía a verla muy a menudo. A pesar de que la propia señora Spenlow me dijo que era miembro de un movimiento religioso que llaman el Grupo Oxford. Creo que son muy sinceros y esforzados, y la señora Spenlow se sintió muy impresionada,

La señorita Marple tomó un poco de aliento antes de proseguir.

-Y estoy convencida de que no hay razón para creer que hubiera algo más que eso, pero ya sabe usted cómo es la gente. Muchas personas opinan que la señora Spenlow se dejó embaucar por ese joven, y que le prestó mucho dinero. Y es positivamente cierto que lo vieron en la estación aquel día... En el tren de las dos veintisiete. Pero hubiera sido muy sencillo para él apearse por el lado contrario y saltar la cerca y no pasar por la entrada de la estación. De ese modo no lo hubieran visto ir a la casa. Y claro, la gente considera que el atuendo de la señora Spenlow era, digamos, bastante particular.

-¿Particular?

-Sí. Iba en quimono -la señorita Marple se sonrojó-. Eso resulta bastante sugestivo para ciertas personas.

-¿Y para usted resulta positivo?

-¡Oh, no, yo no lo creo! A mí me parece perfectamente natural.

-¿Lo considera natural?

-En aquellas circunstancias, sí -la mirada de la señorita Marple era fría y reflexiva.

-Eso pudiera darnos otro motivo para el esposo. Celos -dijo el inspector Slack.

-¡Oh, no! El señor Spenlow no hubiera sentido nunca celos. Es de esos hombres que se dan cuenta de las cosas. Si su esposa le hubiera abandonado dejándole una nota en la almohada, él sería el primero en explicarlo.

El inspector Slack se sintió interesado por el modo significativo con que le miraba. Tenía la impresión de que toda su charla pretendía ocultarle algo que él no alcanzaba a comprender.

-¿Ha encontrado alguna pista, inspector? -le preguntó la señorita Marple con cierto énfasis.

-Hoy en día los criminales no dejan sus huellas dactilares ni puntas de cigarros, señorita.

-Pues yo creo... que este crimen es anticuado...

-¿Qué quiere decir con eso? -preguntó Slack con extrañeza.

-Creo que el alguacil Palk puede ayudarle -repuso la señora Marple despacio-. Fue la primera persona en acudir al «escenario del crimen», como dicen.



El señor Spenlow se hallaba sentado en una silla y parecía asustado. Dijo con su voz fina y precisa:

-Claro que puedo imaginarme lo ocurrido. Mi oído no es tan fino como antes, pero oí claramente cómo un chiquillo gritaba tras de mí: «¡Eh, miren a ese asesino...!» Y.., eso me dio la impresión de que pensaba que yo... había matado a mi querida esposa.

La señorita Marple, cortando una rosa marchita, repuso:

-Ésa es, sin duda, la impresión que quiso dar.

-Pero ¿cómo es posible que metieran esa idea en la cabeza de un niño?

-Pues lo más probable es que la asimiló escuchando las opiniones de sus mayores -repuso miss Marple.

-Usted... ¿usted cree de verdad que lo piensan también otras personas?

-La mitad de los habitantes de Saint Mary Mead.

-Pero... mi querida señora... ¿cómo es posible que se les haya ocurrido una idea semejante? Yo quería sinceramente a mi esposa. A ella no le agradaba vivir en el campo tanto como yo esperaba, pero el estar de completo acuerdo en todo es un ideal inasequible. Le aseguro que he sentido intensamente su pérdida.

-Es probable. Pero si me perdona le diré que no lo parece.

El señor Spenlow irguió cuanto pudo su menguada figura.

-Mi querida señora, hace muchos años leí que un filósofo chino, cuando tuvo que separarse de su adorada esposa, continuó tranquilamente tocando su batintín en la calle, como tenía por costumbre...; me figuro que debe ser un pasatiempo chino. Los habitantes de aquella ciudad se sintieron muy impresionados por su entereza.

-Mas la gente de Saint Mead ha reaccionado de un modo bastante distinto -dijo la señorita Marple-. La filosofía china no va con ellos.

-¿Pero usted lo comprende?

Miss Marple asintió.

-Mi buen tío Enrique -explicó- era un hombre con un extraordinario dominio de sí mismo. Su lema fue: «Nunca exteriorices tu emoción.» Él también era muy aficionado a las flores.

-Estaba pensando que tal vez pudiera colocar una pérgola en el lado oeste de la casa -dijo Spenlow con cierta vehemencia-. Con rosas de té, y tal vez glicinias... Y hay una florecita blanca, en forma de estrella, que ahora no recuerdo cómo se llama...

-Tengo un catálogo muy bonito, con fotografías -le dijo la señorita Marple en un tono semejante al que empleaba para dirigirse a su sobrinito de tres años-. Tal vez le agradara hojearlo. Yo tengo que ir ahora mismo al pueblo.

Y dejando al señor Spenlow sentado en el jardín con el catálogo, la señorita Marple subió a su habitación, envolvió apresuradamente un vestido en un trozo de papel castaño, y saliendo de la casa, se encaminó a toda prisa a la oficina de Correos. La señorita Politt, la modista, vivía en una de las habitaciones de la parte alta del edificio.

Mas la señorita Marple no subió directamente la escalera. Eran las dos y media, y un minuto después, el autobús de Much Benham se detendría ante la puerta de la oficina de Correos... constituyendo uno de los mayores acontecimientos de la vida cotidiana de Saint Mary Mead. La encargada saldría a toda prisa a recoger los paquetes relacionados con la parte de venta de su negocio, pues también vendía dulces, libros baratos y juguetes.

Durante algunos minutos la señorita Marple estuvo sola en la oficina de Correos.

Y hasta que la encargada hubo regresado a su puesto, no subió a ver a la señorita Politt para explicarle que quería que retocara su viejo vestido de crepé gris y lo pusiera a la moda, a ser posible. La modista le prometió hacer cuanto pudiera.



El jefe de policía quedó bastante asombrado al saber que la señorita Marple deseaba verlo. La solterona entró disculpándose:

-No sabe cuánto siento molestarlo. Sé que está muy ocupado, pero usted ha sido siempre tan amable conmigo, coronel Melchett, que creí que debía verlo a usted en vez de acudir al inspector Slack. En primer lugar no me gustaría complicar al alguacil Palk... Hablando con toda claridad, supongo que él no habría tocado nada en absoluto.

El coronel Melchett estaba ligeramente extrañado.

-¿Palk? Es el alguacil de Saint Mary Mead, ¿verdad? ¿Qué es lo que ha hecho?

-Cogió un alfiler. Lo llevaba prendido en su traje y a mí se me ocurrió que tal vez lo hubiese cogido en casa de la señora Spenlow.

-Desde luego. Pero, después de todo, ¿qué es un alfiler? A decir verdad, lo cogió junto al cadáver de la señora Spenlow. Ayer vino Slack y me lo dijo...; me figuro que usted lo obligó a ello. Claro que no debía haber tocado nada, pero como le dije ya, ¿qué es un alfiler? Era sólo un simple alfiler. De esos que emplean todas las mujeres.

-Oh, no, coronel Melchett, ahí es donde se equivoca. Tal vez a los ojos de un hombre parezca un alfiler vulgar, pero no lo es. Se trata de uno especial... muy fino... de los que se compran por cajas y que usan especialmente las modistas.

Melchett la miraba mientras se iba haciendo una pequeña luz en su mente. La señorita Marple inclinó varias veces la cabeza en señal de asentimiento.

-Sí, naturalmente. A mí me parece todo claro. Llevaba el quimono porque iba a probarse su nuevo vestido, y nada más abrir la puerta, la señorita Politt debió decir algo de las medidas y le puso la cinta métrica alrededor del cuello... y luego su tarea se limitó a cruzarla y apretar...; muy sencillo, según he oído decir. Luego saldría cerrando la puerta, y, haciendo ver que acababa de llegar, comenzó a golpearla con el llamador. Mas el alfiler demuestra que ya había estado en la casa.

-¿Y fue la señorita Politt la que telefoneó a Spenlow?

-Sí. Desde la oficina de Correos, a las dos y media... precisamente cuando llega el autobús y la oficina se queda vacía.

-Pero, mi querida señorita Marple, ¿por qué? No es posible cometer un crimen sin motivo.

-Bueno, a mí me parece, coronel Melchett, por todo lo que he oído, que este crimen data de mucho tiempo atrás. Y esto me recuerda a mis dos primos Antonio y Gordon. Todo lo que hacía Antonio le salía bien; en cambio, Gordon era el lado opuesto: perdía en las carreras de caballos, sus valores bajaron y sus acciones fueron depreciadas... Tal como lo veo, las dos mujeres actuaron juntas.

-¿En qué?

-En el robo. Hace mucho tiempo. Según he oído eran unas esmeraldas de gran valor. Fueron robadas por la doncella de la señora y la ayudante de camarera. Porque hay una cosa que todavía no se ha explicado... Cuando se casó con el jardinero, ¿de dónde sacaron el capital para montar una tienda de flores? La respuesta es: de su parte en la... rapiña... creo que es la expresión adecuada. Todo lo que emprendió le salió bien. El dinero trae dinero. Pero la otra, la doncella de la señora, debió ser poco afortunada... y tuvo que conformarse con ser una modista de pueblo. Luego volvieron a encontrarse. Todo fue bien al principio, supongo, hasta que apareció en escena Ted Gerard. La señora Spenlow seguía sintiendo remordimiento e inclinación por todas las religiones emocionales. Este joven le apremiaría para que «hiciese frente a los hechos» y «limpiara su conciencia», y me atrevo a asegurar que estaba dispuesta a hacerlo. Mas la señorita Politt no lo apreciaba así... sino que podía verse en la cárcel por un delito cometido muchos años atrás. Así que decidió poner fin a todo aquello. Me temo que haya sido siempre una mujer perversa. No creo que hubiera movido ni un dedo para impedir que ahorcaran al afable y estúpido señor Spenlow.

-Podemos... er... comprobar su teoría... si logramos identificar a la señorita Politt como la doncella de los Abercrombie -dijo el coronel Melchett-, pero...

-Será muy sencillo -lo tranquilizó miss Marple-. Es de esas mujeres que confesará en seguida al verse descubierta. Y, ¿sabe usted?, además tengo su cinta métrica. Se... se la quité distraídamente cuando me estuvo probando ayer. Cuando la eche de menos y sepa que está en manos de la policía... bien, es una mujer ignorante y creerá que eso la acusa definitivamente. No le dará trabajo, se lo aseguro -terminó la solterona animándolo, con el mismo tono con que una tía suya le aseguró que no lo suspenderían en los exámenes de ingreso en Sandhurst. Y había aprobado.

El cuarto hombre

El cuarto hombre, Agatha Christie



El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo "¡Es el corazón!"

Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimiento de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.

Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más alejada le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie lo hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.

-Vaya, Parfitt -comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?

-Y con lo malo que es para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad encontrarle, don Jorge. ¿Va usted muy al norte?

-Hasta Newcastle -replicó don Jorge-. A propósito -añadió-: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?

Y el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.

-Nos encontramos en la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.

El canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades mentales, y su último libro, El problema del subconsciente, había sido la obra más discutida del año.

El canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.

Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento resultó ser totalmente extraño... tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parecía dormir.

-¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester? -preguntó el doctor Clark con voz agradable.

El canónigo pareció halagado. Aquellos "sermones científicos" habían sido un gran acierto... especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia... modernizarse.

-He leído su libro con gran interés, doctor Campbell Clark -le dijo-. Aunque es demasiado técnico para mí, y me resulta difícil seguir algunas de sus partes.

Durand intervino.

-¿Prefiere hablar o dormir, canónigo? -le preguntó-. Confieso que sufro de insomnio y, por lo tanto, me inclino en favor de lo primero.

-¡Oh, desde luego! De todas maneras -explicó el canónigo-, yo casi nunca duermo en estos viajes nocturnos y el libro que he traído es muy aburrido.

-Realmente formamos una reunión muy interesante -observó el doctor con una sonrisa-. La Iglesia, la Ley y la profesión médica.

-Es difícil que no podamos formar opinión entre los tres, ¿verdad? El punto de vista espiritual de la Iglesia, el mío puramente legal y mundano, y el suyo, doctor, que abarca el mayor campo, desde lo puramente patológico a lo... superpsicológico. Entre los tres podríamos cubrir cualquier terreno por completo.

-No tanto como usted imagina -dijo el doctor Clark-. Hay otro punto de vista que ha pasado usted por alto y que es en este aspecto muy importante.

-¿A cuál se refiere? -quiso saber el abogado.

-Al punto de vista del hombre de la calle.

-¿Es tan importante? ¿Acaso el hombre de la calle no se equivoca generalmente?

-¡Oh, casi siempre! Pero posee lo que le falta a toda opinión experta... el punto de vista personal. Ya sabe que no puede prescindir de las relaciones personales. Lo he descubierto en mi profesión. Por cada paciente que acude realmente enfermo, hay por lo menos cinco que no tienen otra cosa que incapacidad para vivir felizmente con los inquilinos que habitan en la misma casa. Lo llaman de mil maneras... desde "rodilla de fregona" a "calambre de escribiente", pero es todo lo mismo: asperezas producidas por el roce diario de una mentalidad con otra.

-Tendrá usted muchísimos pacientes con "nervios", supongo -comenzó el canónigo, cuyos nervios eran excelentes.

-Ah, ¿qué es lo que quiere usted decir con eso? -El doctor se volvió hacia él con gesto rápido e impulsivo-. ¡Nervios! La gente suele emplear esa palabra y reírse después, como ha hecho usted. "Esto no tiene importancia -dicen- ¡Sólo son nervios!" ¡Dios mío!, ahí tiene usted el quid de todo. Se puede contraer una enfermedad corporal y curarla, pero hasta la fecha se sabe poco más de las oscuras causas de las ciento y una forma de las enfermedades nerviosas que se sabía... bueno... durante el reinado de la reina Isabel.

-Dios mío -exclamó el canónigo Parfitt un tanto asombrado por su salida-. ¿Es cierto?

-Y creo que es un signo de gracia -continuó el doctor Campbell-. Antiguamente considerábamos al hombre como un simple animal con inteligencia y un cuerpo al que daba más importancia que a nada.

-Inteligencia, cuerpo y alma -corrigió el clérigo con suavidad.

-¿Alma? -El doctor sonrió de un modo extraño-. ¿Qué quiere decir exactamente? Nunca ha estado muy claro, ya sabe. A través de todas las épocas no se han atrevido ustedes a dar una definición exacta.

El canónigo aclaró su garganta dispuesto a pronunciar un discurso, pero ante su disgusto, no le dieron oportunidad, ya que el médico continuó:

-¿Está seguro de que la palabra es alma... y no puede ser almas?

-¿Almas? -preguntó don Jorge Durand enarcando las cejas con expresión divertida.

-Sí -Campbell Clark dirigió su atención hacia él inclinándose hacia delante para tocarle en el pecho-. ¿Está usted seguro -dijo en tono grave-, que hay un solo ocupante en esta estructura... porque esto es lo que es, ya sabe... envidiable residencia que no se alquila amueblada por siete, veintiuno, cuarenta y uno, setenta y un años... los que sean? Y al final el inquilino traslada sus cosas... poco a poco... y luego se marcha de la casa de golpe... y ésta se viene abajo convertida en una masa de ruinas y decadencia. Usted es el dueño de la casa, admitamos eso, pero nunca se percata de la presencia de los demás... criados de pisar quedo, en los que apenas repara, a no ser por el trabajo que realizan... trabajo que usted no tiene conciencia de haber hecho. O amigos... estados de ánimo que se apoderan de uno y le hacen ser un "hombre distinto", como se dice vulgarmente. Usted es el rey del castillo, ciertamente, pero puede estar seguro de que allí está también instalado tranquilamente el "pillastre redomado".

-Mi querido Clark -replicó el abogado-, me hace usted sentirme realmente incómodo. ¿Es que mi interior es, en realidad, campo de batalla en que luchan distintas personalidades? ¿Es la última palabra de la ciencia?

Ahora fue el médico quien se encogió de hombros.

-Su cuerpo lo es -dijo en tono seco-. ¿Por qué no puede serlo también la mente?

-Muy interesante -exclamó el canónico Parfitt-. ¡Ahí Maravillosa ciencia... maravillosa ciencia!

Y para sus adentros agregó:

-Puedo preparar un sermón muy atrayente basado en esta idea.

Mas el doctor Campbell Clark se había vuelto a reclinar en su asiento una vez pasada su excitación momentánea.

-A decir verdad -observó con su aire profesional-, es un caso de doble personalidad el que me lleva esta noche a Newcastle. Un caso interesantísimo. Un individuo neurótico, desde luego, pero un caso auténtico.

-Doble personalidad -repitió don Jorge Durand pensativo-. No es tan raro según tengo entendido. Existe también la pérdida de memoria, ¿no es cierto? El otro día surgió un caso así ante el Tribunal de Testamentarias.

El doctor Clark asintió.

-Desde luego, el caso clásico fue el de Felisa Bault. ¿No recuerda haberlo oído?

-Claro que sí -expuso el canónigo Parfitt-. Recuerdo haberlo leído en los periódicos... pero de eso hace mucho tiempo... por lo menos siete años.

El doctor Campbell asintió.

-Esa muchacha se convirtió en una de las figuras más célebres de Francia, y acudieron a verla científicos de todo el mundo. Tenía cuatro personalidades nada menos, y se las conocía por Felisa Primera, Felisa Segunda, Felisa Tercera y Felisa Cuarta.

-¿Y no cabía la posibilidad de que fuera un truco premeditado? -preguntó don Jorge.

-Las personalidades de Felisa Tres y Felisa Cuatro ofrecían algunas dudas -admito el médico-. Pero el hecho principal persiste. Felisa Bault era una campesina de Bretaña. Era la tercera de cinco hermanos, hija de un padre borracho y de una madre retrasada mental. En uno de sus ataques de alcoholismo el padre estranguló a su mujer, siendo, si no recuerdo mal, desterrado por vida. Felisa tenía entonces cinco años. Unas personas caritativas se interesaron por la criatura, y Felisa fue criada y educada por una dama inglesa que tenía una especie de hogar para niños desvalidos. Aunque consiguió muy poco de Felisa, la describe como una niña anormal, lenta y estúpida, que aprendió a leer y escribir sólo con gran dificultad y cuyas manos eran torpes. Esa dama, la señora Slater, intentó prepararla para el servicio doméstico y le buscó varias casas donde trabajar cuando tuvo la edad conveniente, mas en ninguna estuvo mucho tiempo debido a su estupidez y profunda pereza.

El doctor hizo una pausa, y el canónigo, mientras se arropaba aún más en su manta de viaje, se dio cuenta de pronto de que el hombre sentado frente a él se había movido ligeramente, y sus ojos, que antes tuviera cerrados, ahora estaban abiertos y en ellos brillaba una expresión indescifrable que sobresaltó al clérigo. Era como si hubiese estado regocijándose interiormente por lo que oyera.

-Existe una fotografía de Felisa Bault tomada cuando tenía diecisiete años -prosiguió el médico-. Y en ella aparece como una burda campesina de recia constitución, sin nada que indique que pronto iba a ser una de las personas más famosas de Francia.

"Cinco años más tarde, cuando contaba veintidós, Felisa Bault tuvo una enfermedad nerviosa, y al reponerse empezaron a manifestarse los extraños fenómenos. Lo que sigue a continuación son hechos atestiguados por muchísimos científicos eminentes. La personalidad llamada Felisa Primera era completamente distinta a la Felisa Bault de los últimos años. Felisa Primera escribía apenas el francés, no hablaba ningún otro idioma, y no sabía tocar el piano. Felisa Segunda, por el contrario, hablaba correctamente el italiano y algo de alemán. Su letra era distinta por completo de la de Felisa Primera, y escribía y se expresaba a la perfección en francés. Podía discutir de política, arte y era muy aficionada a tocar el piano. Felisa Tercera tenía muchos puntos en común con Felisa Segunda. Era inteligente y al parecer bien educada, pero en la parte moral era un contraste absoluto. Aparecía como una criatura depravada... pero en un sentido parisiense, no provinciano. Conocía todo el argot de París, y las expresiones del demi monde elegante. Su lenguaje era obsceno, y hablaba mal de la religión y la "gente buena" en los términos más blasfemos. Y por fin surgió la Felisa Cuarta... una criatura soñadora piadosa y clarividente, pero esta cuarta personalidad fue poco satisfactoria y duradera, y se la consideró un truco deliberado por parte de Felisa Tercera... una especie de broma que le gastaba al público crédulo. Debo decir que, aparte de la posible excepción de la Felisa Cuarta, cada personalidad era distinta y separada y no tenía conocimiento de las otras. Felisa Segunda fue sin duda la más predominante y algunas veces duraba hasta quince días, luego Felisa Primera aparecía bruscamente por espacio de uno o dos días. Después, tal vez la Felisa Tercera o Cuarta, pero estas dos últimas rara vez denominaban más de unas pocas horas. Cada cambio iba acompañado de un fuerte dolor de cabeza y sueño profundo, y en cada caso sufría la pérdida completa de la memoria de los otros estados, y la personalidad en cuestión tomaba vida a partir del momento en que la había abandonado, inconsciente del tiempo.

-Muy notable -murmuró el canónigo-. Muy notable. Hasta ahora sabemos apenas nada de las maravillas del universo.

-Sabemos que hay algunos impostores muy astutos -observó el abogado en tono seco.

-El caso de Felisa Bault fue investigado por abogados, así como por médicos y científicos -replicó el doctor Campbell con presteza-. Recuerde que Maitre Quimbellier llevó a cabo la investigación más profunda y confirmó la opinión de los científicos. Y al fin y al cabo, ¿por qué hemos de sorprendernos tanto? ¿No tenemos los huevos de dos yemas? ¿Y los plátanos gemelos? ¿Por qué no ha de poder darse el caso de la doble personalidad... o en este caso, la cuádruple personalidad... en un solo cuerpo?

-¿La doble personalidad? -protestó el canónigo.

El doctor Campbell Clark volvió sus penetrantes ojos azules hacia él.

-¿Cómo podríamos llamarle si no?

-Menos mal que estas cosas son únicamente un capricho de la naturaleza -observó don Jorge-. Si el caso fuera corriente se presentarían muchas complicaciones.

-Desde luego, son casos muy anormales -convino el médico-. Fue una lástima que no pudiera efectuarse otro estudio más prolongado, pero puso fin a todo la inesperada muerte de Felisa.

-Hubo algo raro si no recuerdo mal -dijo el abogado despacio.

El doctor Campbell Clark asintió.

-Fue algo inesperado. Una mañana la muchacha fue encontrada muerta en su cama. Había sido estrangulada, pero ante la estupefacción de todos, demostró sin lugar a dudas que se había estrangulado ella misma. Las señales de su cuello eran las de sus dedos. Un sistema de suicidio que aunque no es físicamente imposible, requiere una extraordinaria fuerza muscular y una voluntad casi sobrehumana. Nunca se supo lo que la había impulsado a suicidarse. Claro que su equilibrio mental siempre había sido insuficiente. Sin embargo, ahí tiene. Se ha corrido para siempre la cortina sobre el misterio de Felisa Bault.

Fue entonces cuando el ocupante de la cuarta esquina se echó a reír.

Los otros tres hombres saltaron como si hubieran oído un disparo. Habían olvidado por completo la existencia del cuarto, y cuando se volvieron hacia el lugar donde se hallaba sentado y todavía arrebujado en su abrigo, rió de nuevo.

-Deben perdonarme, caballeros -dijo en perfecto inglés, aunque con un ligero acento extranjero, y se incorporó mostrando un rostro pálido con un pequeño bigotillo-. Sí, deben ustedes perdonarme -dijo con una cómoda inclinación de cabeza-. Pero la verdad: ¿es que la ciencia dice alguna vez la última palabra?

-¿Sabe algo del caso que estábamos discutiendo? -le preguntó el doctor cortésmente.

-¿Del caso? No. Pero la conocí.

-¿A Felisa Bault?

-Sí. Y a Annette Ravel también. No han oído hablar de Annette Ravel, ¿verdad? Y, no obstante, la historia de una es la historia de la otra. Créame, no sabrán nada de Felisa Bault si no conocen también la historia de Annette Ravel.

Sacó un reloj para consultar la hora.

-Falta media hora hasta la próxima parada. Tengo tiempo de contarles la historia... es decir, si a ustedes les interesa escucharla.

-Cuéntela, por favor -dijo el médico.

-Me encantaría oírla -exclamó el pastor.

Don Jorge Durand se limitó a adoptar una actitud de atenta escucha.

-Mi nombre, caballeros -comentó el extraño compañero de viaje- es Raúl Latardeau. Usted acaba de mencionar a una dama inglesa, la señorita Slater, que se ocupa en obras de caridad. Yo la conocí en Bretaña, en un pueblecito pesquero, y cuando mis padres fallecieron víctimas de un accidente ferroviario, fue la señorita Slater quien vino a rescatarme y me salvó de algo equivalente a los reformatorios ingleses. Tenía unos veinte chiquillos a su cuidado... niños y niñas. Entre éstas se encontraban Felisa Baúl y Annette Ravel. Si no consigo hacerles comprender la personalidad de Annette, caballeros, no comprenderán nada. Era hija de lo que ustedes llaman una filie de joie que había muerto tuberculosa abandonada por su amante. La madre fue bailarina y Annette también tenía el deseo de bailar. Cuando la vi por primera vez tenía once años, y era una niña vivaracha de ojos brillantes y prometedores... una criatura todo fuego y vida. Y en seguida, en seguida... me convirtió en su esclavo. "Raúl, haz esto; Raúl, haz lo otro...", y yo obedecía. Yo la idolatraba y ella lo sabía.

"Solíamos ir a la playa... los tres... ya que Felisa venía con nosotros. Y allí Annette, quitándose los zapatos y las medias, bailaba sobre la arena, y luego, cuando le faltaba el aliento, nos contaba lo que quería llegar a ser.

"-Verán, yo seré famosa. Sí, muy famosa. Tendré cientos y miles de medias de seda... de la seda más fina, y viviré en un departamento maravilloso. Todos mis adoradores serán jóvenes, guapos y ricos; cuando yo baile, todo París irá a verme. Gritarán y se volverán locos con mis danzas. Y durante los inviernos no bailaré. Iré al sur a gozar del sol. Allí hay pueblecitos con naranjos, y comeré naranjas. Y en cuanto a ti, Raúl, nunca te olvidaré por muy rica que sea. Te protegeré para que estudies una carrera. Felisa será mi doncella... no, sus manos son demasiado torpes. Míralas qué grandes y toscas.

"Felisa se ponía furiosa al oír esto, y entonces Annette continuaba pinchándola.

"-Es tan fina, Felisa... tan elegante y distinguida. Es una princesa disfrazada... ja, ja.

"-Mi padre y mi madre estaban casados, y los tuyos no -replicaba Felisa con rencor.

"-Sí, y tu padre mató a tu madre. Bonita cosa ser la hija de un asesino.

"-Y el tuyo dejó morir a tu madre -era la contestación de Felisa.

"-Ah, sí -Annette se ponía pensativa-: Pauvre maman. Hay que conservarse fuerte y bien.

"-Yo soy fuerte como un caballo -presumía Felisa.

"Y desde luego lo era. Tenía dos veces la fuerza de cualquier niña del Hogar y nunca estaba enferma.

"Pero era estúpida, ¿comprenden?, estúpida como una bestia bruta. A menudo me he preguntado por qué seguía a Annette como lo hacía. Era una especie de fascinación. Algunas veces creo que la odiaba, y no es de extrañar, puesto que Annette no era amable con ella. Se burlaba de su lentitud y estupidez, provocándola delante de los demás. Yo había visto a Felisa ponerse lívida de rabia. Algunas veces pensé que iba a rodear la garganta de Annette con sus dedos hasta acabar con su vida. No era lo bastante inteligente como para contestar a los improperios de Annette, pero con el tiempo aprendió una respuesta que nunca fallaba. Era el referirse a su propia salud y fuerza. Había aprendido lo que yo siempre supe: que Annette envidiaba su fortaleza física, y ella atacaba instintivamente el punto débil de la armadura de su enemiga.

"Un día Annette vino hacia mí muy contenta. "Raúl -dijo-, hoy vamos a divertirnos con esa estúpida de Felisa."

"-¿Qué es lo que vas a hacer?

"-Ven detrás del cobertizo y te lo diré.

"Parece que Annette había encontrado cierto libro, parte del cual no entendía y, desde luego, estaba por encima de su cabecita. Era una de las primeras obras de hipnotismo.

-Conseguí que un objeto brillante, el pomo de metal de mi casa, diese vueltas. Hice que Felisa lo mirase anoche. "Míralo fijamente -le dije-. No apartes los ojos de él." Y entonces lo hice girar, Raúl. Estaba asustada. Sus ojos tenían una expresión tan extraña... tan extraña. "Felisa, tú harás siempre lo que yo diga", le dije: "Haré siempre lo que tú digas, Annette", me contestó. Y luego... y luego... dije: "Mañana llevarás un cabo de vela al patio y empezarás a comerla a las doce. Y si alguien te pregunta dirás que es la mejor galleta que has probado en tu vida." ¡Oh, Raúl, imagínate!

"-Pero ella no hará una cosa así -protesté.

"-El libro dice que sí. No es que yo lo crea del todo... ¡pero, oh, Raúl, si lo que dice el libro es cierto, lo que nos vamos a divertir!

"A mí también me pareció divertido. Lo comunicamos a nuestros compañeros y a las doce estábamos todos en el patio. A la hora exacta apareció Felisa con el cabo de la vela en la mano. ¿Y creerán ustedes, caballeros, que empezó a mordisquearlo solemnemente? ¡Todos nos desternillábamos de risa! De vez en cuando alguno de los niños se acercaba a ella y le decía muy serio: ¿Es bueno lo que comes, Felisa? Y ella respondía: "Sí, es una de las mejores galletas que he probado en mi vida."

"Y entonces nos ahogábamos de risa. Al fin nos reímos tan fuerte que el ruido pareció despertar a Felisa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Parpadeó extrañada, miró la vela y luego a todos, pasándose la mano por la frente.

"-Pero, ¿qué es lo que estoy haciendo aquí? -murmuró.

"-Te estás comiendo una vela de sebo -le gritamos.

"-Yo te lo hice hacer. Yo te lo hice hacer -exclamó Annette bailando a su alrededor.

"Felisa la miró fijamente unos instantes y luego se fue acercando a ella.

"-¿De modo que has sido tú... has sido tú quien me puso en ridículo? Creo recordar. ¡Ah! Te mataré por esto.

"Habló en tono tranquilo, pero Annette echó a correr refugiándose detrás de mí.

"-¡Sálvame, Raúl! Me da miedo Felisa. Ha sido sólo una broma, Felisa. Sólo una broma ¿Comprendes?

"-No me gustan esta clase de bromas -replicó Felisa-. Te odio. Los odio a todos.

"Y echándose a llorar se marchó corriendo.

"Yo creo que Annette estaba asustada por el resultado de su experimento, y no intentó repetirlo, pero a partir de aquel día su ascendencia sobre Felisa se fue haciendo más fuerte.

"Ahora creo que Felisa siempre la odió, pero sin embargo no podía apartarse de su lado y solía seguirla como un perro.

"Poco después de esto, caballeros, me encontraron un empleo y sólo volví al Hogar durante mis vacaciones. No se había tomado en serio el deseo de Annette de ser bailarina, pero su voz se hizo más bonita a medida que iba creciendo, y la señorita Slater consintió gustosamente en dejarla aprender canto.

"Annette no era perezosa, y trabajaba febrilmente, sin descanso, y la señorita Slater se vio obligada a impedir que se excediera, y en cierta ocasión me habló de ella.

"-Tú siempre has apreciado mucho a Annette -me dijo-. Convéncela para que no se esfuerce demasiado. Últimamente tose de una manera que no me gusta.

"Mi trabajo me llevó lejos poco después de esta conversación. Recibí una o dos cartas de Annette al principio, pero luego silencio, los cinco años que permanecí en el extranjero.

"Por pura casualidad, cuando regresé a París me llamó la atención un cartel-anuncio con el nombre de Annette Ravelli y su fotografía. La reconocí en seguida. Aquella noche fui al teatro en cuestión. Annette cantaba en francés e italiano, y en escena estaba maravillosa. Después fui a verla a su camerino y me recibió en seguida.

"-Vaya, Raúl -exclamó tendiéndome las manos-. ¡Esto es maravilloso! ¿Dónde has estado todos estos años?

"Yo se lo hubiera dicho, pero no deseaba escucharme.

"-¡Ves, ya casi he llegado!

"Y con un gesto triunfal me señaló el camerino lleno de flores.

"-La señorita Slater debe estar orgullosa de tu éxito.

"-¿Esa vieja? No, por cierto. Ella me había destinado al Conservatorio... a los conciertos... pero yo soy una artista. Y es aquí, en los teatros de variedades, donde puedo expresar mi personalidad.

"En aquel momento entró un hombre de mediana edad, atractivo y distinguido. Por su comportamiento comprendí en seguida que se trataba del mecenas de Annette. Me miró de soslayo y Annette le explicó:

"-Es un amigo de la infancia. Está de paso en París, ha visto mi retrato en un anuncio, et voilá.

"Aquel hombre era muy amable y cortés, y delante de mí sacó una pulsera de brillantes y rubíes que colocó en la muñeca de Annette. Cuando me levanté para marcharme ella me dirigió una mirada de triunfo diciéndome en un susurro:

"-He llegado, ¿verdad? ¿Comprendes? Tengo el mundo a mis pies.

"Pero al salir del camerino la oí toser con una tos seca y dura. Sabía muy bien lo que significaba. Era la herencia de su madre tuberculosa.

"Volví a verla dos años más tarde. Había ido a buscar refugio junto a la señorita Slater. Su carrera estaba arruinada. Era tal lo avanzado de su enfermedad, que los médicos dijeron que nada podía hacerse.

"¡Ah! ¡Nunca olvidaré cómo la vi entonces! Estaba echada en una especie de cobertizo montado en el jardín. La tenían día y noche al aire libre. Sus mejillas estaban hundidas y sus ojos brillantes y febriles.

"Me saludó con tal desesperación que me quedé estupefacto.

"-Cuánto me alegro de verte, Raúl. ¿Tú ya sabes bien lo que dicen... que no me pondré bien? Lo dicen a mis espaldas, ¿comprendes? Conmigo son todos amables y tratan de consolarme. ¡Pero no es cierto, Raúl, no es cierto! Yo no me dejaré morir. ¿Morir? ¿Con la vida tan hermosa que se extiende ante mí? Es la voluntad de vivir lo que importa. Todos los grandes médicos lo dicen. Yo no soy de esos seres débiles que se abandonan. Ya empiezo a sentirme mejor... muchísimo mejor, ¿oyes?

"Y se incorporó, apoyándose sobre un codo para dar más énfasis a sus palabras, luego cayó hacia atrás, presa de un ataque de tos que estremeció su delgado cuerpo.

"-La tos no es nada -consiguió decir-. Y las hemorragias no me asustan. Sorprenderé a los médicos. Es la voluntad lo que importa. Recuerda, Raúl, yo viviré.

"Era una pena. ¿Comprenden? Una pena.

"En aquel momento llegaba Felisa Bault con una bandeja y un vaso de leche caliente, que dio a Annette, mirando cómo lo bebía con expresión que no pude descifrar... como con cierta satisfacción.

"Annette también captó aquella mirada, y dejó caer el vaso, que se hizo pedazos.

"-¿La has visto? Así es como me mira siempre. ¡Ella se alegra de que vaya a morir! Sí, disfruta. Ella es fuerte y sana. Mírala... ¡nunca ha estado enferma! ¡Ni un solo día! Y todo para nada. ¿De qué le sirve ese corpachón? ¿Qué va a sacar de él?

"Felisa se agachó para coger los pedazos de cristal.

"-No me importa lo que diga -comenzó con voz inexpresiva-. ¿A mí qué? Soy una chica respetable. Y en cuanto a ella, sabrá lo que es el Purgatorio dentro de poco. Yo soy cristiana y nada digo.

"-¡Tú me odias! -exclamó Annette-. Siempre me has odiado. ¡Ah!, pero de todas maneras puedo encantarte. Puedo hacer que hagas mi voluntad. Mira, ahora mismo, si te lo pidiera sin ninguna duda te pondrías de rodillas ante mí encima de la hierba.

"-No seas absurda -dijo Felisa intranquila.

"-Pues sí que lo harás. Lo harás... para complacerme. Arrodíllate. Yo, Annette, te lo pido. Arrodíllate, Felisa.

"No sé si sería por el maravilloso mandato de su voz, o por un motivo más profundo, pero el caso es que Felisa obedeció. Se puso de rodillas lentamente, con los brazos extendidos hacia delante y el rostro ausente mirando estúpidamente al vacío.

"Annette, echando la cabeza hacia atrás, rió con todas sus fuerzas.

"-¡Mira qué cara más estúpida pone! ¡Qué ridícula está! ¡Ya puedes levantarte, Felisa, gracias! Es inútil que frunzas el ceño. Soy tu ama, y tienes que hacer lo que yo diga.

"Se desplomó exhausta sobre las almohadas, y Felisa, recogiendo la bandeja, se alejó lentamente. Una vez se volvió a mirar por encima del hombro, y el profundo resentimiento de su mirada me sobresaltó.

"Yo no estaba allí cuando murió Annette, pero, al parecer, fue terrible. Se aferraba a la vida con desesperación, luchando contra la muerte como una posesa, y gritando: "No moriré. Tengo que vivir... vivir..."

"Me lo contó la señorita Slater, cuando seis meses más tarde fui a verla. "Mi pobre Raúl -me dijo con tono amable-. Tú la querías, ¿verdad?"

"-Siempre la quise... siempre. Pero ¿de qué hubiera podido servirle? No hablemos de eso. Ahora está muerta... ella... tan alegre... y tan llena de vida.

"La señorita Slater era mujer comprensiva y se puso a hablar de otras cosas. Estaba preocupada por Felisa. La joven había sufrido una extraña crisis nerviosa y desde entonces su comportamiento era muy extraño.

"-¿Sabes -me dijo la señorita Slater tras una ligera vacilación- que está aprendiendo a tocar el piano?

"Yo lo ignoraba y me sorprendió mucho. ¡Felisa... aprendiendo a tocar el piano! Yo hubiera jurado que era totalmente incapaz de distinguir una nota de otra.

"-Dicen que tiene talento -continuó la señorita Slater-. No comprendo. Siempre la había considerado..., bueno, Raúl, tú mismo sabes que fue siempre una niña estúpida.

"Asentí.

"-Su comportamiento es tan extraño que no sé qué pensar.

"Pocos minutos después entré en la sala de lectura. Felisa tocaba el piano... la misma tonadilla que oí cantar a Annette en París. Comprendan, caballeros, que me quedé de una pieza. Y luego, al oírme, se interrumpió de pronto volviéndose a mirarme con ojos llenos de malicia e inteligencia. Por un momento pensé..., bueno, no voy a decirles lo que pensé entonces.

"-Tiens! -exclamó-. De manera que es usted... monsieur Raúl.

"No puedo describir cómo lo dijo. Para Annette nunca había dejado de ser Raúl, pero Felisa, desde que volvimos a encontrarnos de mayores, siempre me llamaba monsieur Raúl. Mas entonces lo dijo de un modo distinto..., como si el monsieur fuera algo divertido.

"-Vaya, Felisa -le contesté-, te veo muy cambiada.

"-¿Sí? -replicó pensativa-. Es curioso, pero no te pongas serio, Raúl..., decididamente te llamaré Raúl... ¿Acaso no jugábamos juntos cuando éramos niños...? La vida se ha hecho para reír. Hablemos de la pobre Annette... que está muerta y enterrada. ¿Estará en el Purgatorio o dónde?

"Y tarareó cierta canción..., desentonando bastante, pero las palabras llamaron mi atención.

"-¡Felisa! -exclamé-. ¿Sabes italiano?

"-¿Por qué no, Raúl? Yo no soy tan estúpida como parecía -y se rió de mi confusión.

"-No comprendo... -comencé a decir.

"-Pues yo te lo explicaré. Soy una magnífica actriz, aunque nadie lo sospechaba. Puedo representar muchos papeles... y muy bien, por cierto.

"Volvió a reír y salió corriendo de la habitación antes de que pudiera detenerla.

"La volví a ver antes de marcharme. Estaba durmiendo en un sillón y roncaba pesadamente. La estuve mirando fascinado..., aunque me repelía. De pronto se despertó sobresaltada, y sus ojos apagados y sin vida se encontraron con los míos.

"-Monsieur Raúl -murmuró mecánicamente.

"-Sí, Felisa. Yo me marcho. ¿Querrás tocar algo antes de que me vaya?

"-¿Yo? ¿Tocar? ¿Se está riendo de mí, monsieur Raúl?

"-¿No recuerdas que esta mañana tocaste para mí?

"Felisa meneó la cabeza.

"-¿Tocar yo? ¿Cómo es posible que sepa tocar una pobre chica como yo?

"Hizo una pausa como si reflexionara, y luego se acercó a mí.

"-¡Monsieur Raúl, ocurren cosas extrañas en esta casa! Le gastan a una bromas. Varían las horas del reloj. Sí, sí, sé lo que digo. Y todo eso es obra de ella.

"-¿De quién? -pregunté sobresaltado.

"-De Annette, esta malvada. Cuando vivía siempre me estaba atormentando, y ahora que ha muerto, vuelve del otro mundo para seguir mortificándome.

"La miré fijamente. Ahora comprendo que estaba al borde del terror y sus ojos estaban a punto de salir de sus órbitas.

"-Es mala. Le aseguro que es mala. Sería capaz de quitar a cualquiera el pan de la boca, la ropa y el alma...

"De pronto se agarró a mí.

"-Tengo miedo, se lo aseguro..., miedo. Oigo su voz..., no en mis oídos... sino aquí... en mi cabeza -se tocó la frente-. Se me llevará muy lejos... y entonces, ¿qué haré... qué será de mí?

"Su voz se fue elevando hasta convertirse en un alarido y vi en sus ojos el terror de las bestias acorraladas.

"De pronto sonrió..., fue una sonrisa agradable, llena de astucia, que me hizo estremecer.

"-Si llegara eso, monsieur Raúl..., tengo mucha fuerza en mis manos..., tengo mucha fuerza en las manos.

"Nunca me había fijado particularmente en sus manos. Entonces las miré y me estremecí a pesar mío. Eran unos dedos gruesos, brutales, y como Felisa había dicho, extraordinariamente fuertes. No sabría explicarles la sensación de náuseas que me invadió. Con unas manos como aquéllas su padre debió estrangular a su madre.

"Aquélla fue la última vez que vi a Felisa Bault. Inmediatamente después marché al extranjero..., a Sudamérica. Regresé dos años después de su muerte. Algo había leído en los periódicos de su vida y muerte repentina. Y esta noche me he enterado de más detalles... por ustedes. Felisa Tercera y Felisa Cuarta... Me estoy preguntando si... ¡Era una buena actriz! ¿Saben?"

El tren fue aminorando su velocidad, y el hombre sentado en la esquina se irguió para abrochar mejor su abrigo.

-¿Cuál es su teoría? -preguntó el abogado.

-Apenas puedo creerlo... -comenzó a decir el canónigo Parfitt.

El médico nada dijo, pero miraba fijamente a Raúl Letardeau.

-Es capaz de quitarle a uno el pan de la boca, la ropa..., el alma... -repitió el francés poniéndose en pie-. Les aseguro, messieurs, que la historia de Felisa Bault es la historia de Annette Ravel. Ustedes no la conocieron, caballeros. Yo sí... y amaba mucho la vida.

Con la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a apearse, se volvió de pronto, yendo a dar un golpecito en el pecho del canónigo.

-Monsieur le docteur acaba de decir que esto -le dio un golpe en el estómago y el pastor pegó un respingo- es sólo una coincidencia. Dígame, si encontrara un ladrón en su casa, ¿qué haría? Pegarle un tiro, ¿no?

-No -exclamó el canónigo-. No..., quiero decir... que en este país, no.

Pero sus palabras se perdieron en el aire mientras la puerta del compartimiento se cerraba de golpe.

El clérigo, el abogado y el médico se habían quedado solos. El cuarto asiento estaba vacío.

martes, 2 de enero de 2007

Diálogo entre un sacerdote y un moribundo

Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, Marqués de Sade



El Sacerdote: Llegado el instante fatal en que el velo de la ilusión sólo se desgarra para dejar al hombre reducido al cuadro cruel de sus errores y sus vicios, ¿no te arrepientes, hijo mío, de los múltiples desórdenes a los que te condujo la humana debilidad y fragilidad?

El Moribundo: Sí, amigo mío, me arrepiento.

El Sacerdote: Pues bien, aprovecha estos remordimientos felices para obtener del cielo, en este corto intervalo, la absolución general de tus faltas, y piensa que es por la mediación del santísimo sacramento de la penitencia que te será posible obtenerla del Eterno.

El Moribundo: No nos comprendemos.

El Sacerdote: ¡Cómo!

El Moribundo: Te he dicho que me arrepentía.

El Sacerdote: Así lo oí.

El Moribundo: Sí, pero sin comprenderlo.

El Sacerdote: ¿Qué interpretación?...

El Moribundo: Ésta... Creado por la naturaleza con inclinaciones ardorosas, con pasiones fortísimas, únicamente colocado en este mundo para entregarme a ellas y para satisfacerlas, y estos efectos de mi creación no siendo más que necesidades relativas a las primeras vistas de la naturaleza, o, si lo prefieres, sólo derivaciones esenciales de sus proyectos sobre mí, todos en razón de sus leyes, sólo me arrepiento de no haber reconocido bastante su omnipotencia, y mis únicos remordimientos sólo se refieren al mediocre uso que hice de las facultades (criminales según tú, según yo muy simples) que ella me había dado para servirla. La he resistido algunas veces, de eso me arrepiento. Cegado por tus sistemas absurdos, con ellos combatí toda la violencia de los deseos que había recibido de una inspiración más que divina, de eso me arrepiento. Coseché sólo flores cuando pude hacer una amplia cosecha de frutos... Estos son los justos motivos de mi pesar. Estímame en algo para no atribuirme otros.

El Sacerdote: ¡A dónde te arrastran tus errores, a dónde te conducen tus sofismas! Prestas a la cosa creada todo el poder del creador. ¿No ves que esas desdichadas tendencias que te extravían no son más que efectos de la naturaleza corrompida, a la cual atribuyes toda la potencia?

El Moribundo: Amigo, me parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Quisiera que razonaras más exactamente o que me dejaras morir en paz. ¿Qué entiendes por creador, y qué entiendes por naturaleza corrompida?

El Sacerdote: El Creador es el dueño del universo, es él quien lo ha hecho todo, lo ha creado todo, y quien conserva todo por un simple efecto de su omnipotencia.

El Moribundo: Es un gran hombre, sin duda. Pues bien, dime por qué este hombre, que es tan poderoso, ha hecho, sin embargo, según tú, una naturaleza corrompida.

El Sacerdote: ¿Cuál hubiera sido el mérito de los hombres si Dios no les hubiere dejado su libre arbitrio, y qué mérito hubiesen tenido para disfrutarlo si no hubiera habido en la tierra la posibilidad de hacer el bien y la de evitar el mal?

El Moribundo: Así, pues, tu dios ha querido hacerlo todo oblicuamente sólo para tentar o probar a su criatura. ¿No la conocía, pues no sospechaba el resultado?

El Sacerdote: Sin duda que la conocía, pero una vez más quería dejarle el mérito de la elección.

El Moribundo: ¿Para qué, desde el momento que sabía el partido que tomaría y sólo dependía de él, ya que le proclamas tan omnipotente, y sólo dependía de él, repito, el hacerla tomar el bueno?

El Sacerdote: ¿Quién puede comprender los designios inmensos e infinitos de Dios con respecto al hombre, y quién puede comprender todo lo que vemos?

El Moribundo: Aquel que simplifica las cosas, amigo mío, sobre todo aquel que no multiplica las causas para mejor enredar los efectos. ¿Para qué necesitas una segunda dificultad cuando no puedes explicar la primera, y desde el momento en que es posible que la naturaleza haya hecho por sí sola lo que le atribuyes a tu dios, por qué quieres buscarle un amo? La causa de que no comprendas es quizá lo más simple del mundo. Perfecciona tu física y comprenderás mejor la naturaleza, depura tu razón y entonces no tendrás necesidad de tu dios.

El Sacerdote: ¡Desdichado! Sólo te creía sociniano, tenía armas para combatirte, pero veo claramente que eres ateo, y desde el momento en que tu corazón se niega a la inmensidad de las pruebas auténticas que recibimos cada día de la existencia del creador, no tengo nada más que decirte. No se le da luz a un ciego.

El Moribundo: Amigo mío, admite un hecho: de los dos, el más ciego es seguramente aquel que se pone una venda que el que se la arranca. Tú edificas, inventas, multiplicas; yo destruyo, simplifico. Tú agregas error sobre error; yo los combato. ¿Cuál de los dos es el ciego?

El Sacerdote: ¿No crees, pues, en Dios?

El Moribundo: No. Y esto por una simple razón. Es perfectamente imposible creer en lo que no se comprende. Entre la comprensión y la fe deben existir conexiones inmediatas; la comprensión es el primer alimento de la fe; cuando la comprensión no actúa muere la fe, y ésos que en tal caso pretendieran tenerla, mienten. Te desafío a que creas en el dios que me predicas -ya que no sabrías demostrármelo, ya que no está en ti el definírmelo, y, por lo tanto, no lo comprendes- y desde el momento en que no lo comprendes no puedes suministrarme de él ningún argumento razonable, pues, en una palabra, todo lo que está por encima de los límites del espíritu humano es quimera o inutilidad. Si tu dios no puede ser más que una u otra cosa, en el primer caso sería un loco si creyera en él; un imbécil, en el segundo. Amigo mío, pruébame la inercia de la materia y te concederé el creador. Pruébame que la naturaleza no se basta a sí misma y te prometo suponerle un dueño. Hasta entonces, nada esperes de mí, sólo me rindo a la evidencia y sólo la recibo de mis sentidos; dónde ellos se detienen allí mi fe queda sin fuerzas. Creo en el sol porque lo veo, lo concibo como el centro de reunión de toda la materia inflamable de la naturaleza, su marcha periódica me complace sin asombrarme. Es una operación de física, acaso tan simple como la de la electricidad, pero que no nos está permitido comprender. ¿Qué necesidad tengo de ir más lejos? ¿Cuando me hayas levantado los andamios de tu dios por encima de esto, qué habré avanzado? ¿No necesitaré hacer tanto esfuerzo para comprender al obrero como el gastado en definir la obra? Por consiguiente, no me has prestado ningún servicio con la edificación de tu quimera, has turbado mi espíritu sin iluminarlo, y debo odiarte en vez de agradecerte. Tu dios es una máquina que fabricaste para que sirva a tus pasiones, y la has hecho mover a tu capricho, pero desde el momento en que incomoda los míos permíteme que la haya derribado. En el instante en que mi alma débil tiene necesidad de calma y de filosofía no vengas a espantarla con tus sofismas, que la asustarían sin convencerla, que la irritarían sin hacerla mejor. Amigo mío, esta alma es lo que la naturaleza quiso que fuera, es decir, el resultado de los órganos que ha querido formarme en razón de sus designios y de sus necesidades; y como ella tiene una necesidad igual de vicio y de virtud, cuando quiso llevarme hacia el primero así lo ha hecho, cuando ha querido la segunda, me ha inspirado deseos por ella, y me ha entregado a ambos de igual modo. Busca sus leyes como única causa de nuestra inconsecuencia humana, y no busques a sus leyes más principios que su voluntad y su necesidad.

El Sacerdote: Así pues, todo es necesario en el mundo.

El Moribundo: Seguramente.

El Sacerdote: Pues, si todo es necesario, todo está, pues, regulado.

El Moribundo: ¿Quién dice lo contrario?

El Sacerdote: ¿Y quién pudo arreglarlo todo como está si no es una mano omnipotente y sabia?

El Moribundo: ¿No es necesario que la pólvora se inflame cuando se le aplica el fuego?

El Sacerdote: Sí.

El Moribundo: ¿Y qué sabiduría encuentras en eso?

El Sacerdote: Ninguna.

El Moribundo: Es posible, pues, que haya cosas necesarias sin sabiduría, y posible, por consiguiente, que todo derive de una causa primera, sin que haya razón ni sabiduría en esta primera causa.

El Sacerdote: ¿A dónde quieres llegar?

El Moribundo: A probarte que todo puede ser lo que es y lo que no es, sin que ninguna causa sabia y razonable lo conduzca, y que efectos naturales deben tener causas naturales, sin que haya necesidad de suponerle otras antinaturales, como lo sería tu dios, ya que él mismo tendría necesidad de explicación sin suministrar ninguna. Y, por consiguiente, desde que tu dios no es bueno para nada, es perfectamente inútil; y como hay gran probabilidad de que todo lo inútil es nulo y de que todo lo nulo es la nada, así pues, para convencerme de que tu dios es una quimera no tengo necesidad de otro razonamiento fuera del que me suministra la certeza de su inutilidad.

El Sacerdote: Sobre este pie me parece innecesario hablarte de religión.

El Moribundo: ¿Por qué no? Nada me divierte tanto como la prueba del exceso de fanatismo y de la imbecilidad humana sobre este punto. Son extravíos tan prodigiosos que el cuadro, aunque horrible, a mi juicio es siempre interesante. Responde con franqueza, y, sobre todo, destierra el egoísmo. Si fuera tan débil que me dejara sorprender por tus ridículos sistemas de la existencia del ser que hace necesaria la religión, ¿bajo cuál forma me aconsejarías que le rindiera culto? ¿Quisieras que adoptara los desvaríos de Confucio mas bien que los absurdos Brahama? ¿Que adorara a la gran serpiente de los negros, al astro de los peruanos o al dios de los ejércitos de Moisés? ¿A cuál de las sectas de Mahoma quisieras que me rindiese? ¿Qué herejía de los cristianos es, a tu juicio, preferible? Cuidado con tu respuesta.

El Sacerdote: ¿Puede ser dudosa?

El Moribundo: Dila, pues, egoísta.

El Sacerdote: No, sería amarte tanto como a mí si te aconsejara lo que yo creo.

El Moribundo: Y es querernos muy poco el escuchar semejantes errores.

El Sacerdote: ¿A quién pueden cegar los milagros de nuestro divino redentor?

El Moribundo: A quien no vea en él sino al más ordinario de todos los bribones y al más vulgar de todos los impostores.

El Sacerdote: ¡Dios, lo escuchas sin descargar tu ira!

El Moribundo: No, amigo mío, todo está en paz porque tu dios, sea por impotencia, sea por razón, o, en fin, por lo que tú quieras, es un ser al que admito por un momento sólo por condescendencia a ti, o, si lo prefieres, para prestarme a tus pequeños designios, porque ese dios, repito, si existiera como tienes la locura de creerlo, no puede, para convencernos, haber tomado los medios tan ridículos como los que tu Jesús supone.

El Sacerdote: ¡Cómo, las profecías, los milagros, los mártires, no son pruebas?

El Moribundo: ¿Cómo quieres, en buena lógica, que pueda recibir como prueba aquello que necesita probarse? Para que la profecía sea una prueba sería necesario, primeramente, que yo tuviera la certidumbre completa de que ha sido hecha; pues, al consignársela en la historia sólo tiene para mi la fuerza de los otros hechos históricos, dudosos en sus tres cuartas partes; y si a esto agrego la apariencia más que verdadera de que me han sido transmitidos por historiadores interesados, estaría, como lo ves, más que en mi derecho para dudar de ellos. ¿Quién me asegura, por otra parte, que esa profecía no ha sido hecha con posterioridad, que no ha sido el efecto de la combinación de la más simple política como la de concebir un reino feliz bajo un rey justo, o la de la helada en invierno? Y si esto es así, ¿cómo quieres que la profecía, al tener tanta necesidad de ser probada, pueda convertirse en prueba? Con respecto a tus milagros, ellos tampoco se me imponen. Todos los bribones los han hecho, y todos los tontos los han creído. Para persuadirme de la verdad de un milagro tendría necesidad de estar muy seguro de que el acontecimiento que tú llamas de esa manera fuera absolutamente contrario a las leyes de la naturaleza, pues sólo lo que está fuera de ella puede pasar por milagro. ¿Y quién la conoce bastante para atreverse a afirmar cuál es precisamente el punto en que se detiene y cuál es el que infringe? Bastan dos cosas para acreditar un pretendido milagro, un titiritero y unas mujerzuelas. Vamos, no busques jamás un origen distinto para los tuyos. Todos los nuevos sectarios los han hecho, y, lo que es más singular, todos encontraron imbéciles para creerles. Tu Jesús no ha hecho algo más singular que Apolonio de Tiana, y, sin embargo, nadie ha pensado en tomar a éste por un dios. En cuanto a tus mártires, éste es el más débil de tus argumentos, sólo falta el entusiasmo y la resistencia para hacer mártires, y mientras la causa opuesta me ofrezca tantos como la tuya, jamás estaré lo suficientemente autorizado para creer a la una mejor que la otra, sino muy inducido, en cambio, a suponer despreciables a ambas. ¡Amigo mío! Si fuera verdad que existe el dios que predicas, ¿tendría necesidad de milagro, mártir o profecía para establecer su imperio? Y si, como dices, el corazón humano fuera su obra, ¿no sería ése el santuario que hubiera elegido para su ley? Esta ley igual, pues emanaría de un dios justo, se encontraría de manera irresistible grabada igualmente en el corazón de todos, y, de un extremo al otro del universo, todos los hombres, al ser semejantes por ese órgano delicado, igualmente serían semejantes por el homenaje que rendirían al dios que le hubiera dado este corazón, no tendrían más que una manera de amarlo, más que una manera de adorarlo y servirlo y tan imposible les sería desconocer ese dios como resistir a la inclinación secreta de su culto. ¿En vez de eso, no veo en el universo tantos dioses como países; tantas maneras de servir a esos dioses como diferentes cabezas o diferentes imaginaciones hay? Esta multiplicidad de opiniones, en la cual físicamente me es imposible elegir, ¿sería, a tu juicio, la obra de un dios justo?. Vamos, predicante, ultrajas a tu dios al presentármelo de esta manera. Déjame negarlo completamente, pues si existiera, entonces le ultrajaría menos mi incredulidad que tus blasfemias. Vuelve a la razón, predicante, tu Jesús no vale más que Mahoma, Mahoma, menos que Moisés, y estos tres, menos que Confucio, quien, sin embargo, dictó algunos buenos principios mientras que los otros tres disparataban. Pero, en general, todos éstos no son más que impostores, de los cuales el filósofo se ha burlado, y a los cuáles la canalla ha creído, y a los cuales la justicia hubiera debido ahorcar.

El Sacerdote: ¡Ay de mí, sólo lo hizo con uno!

El Moribundo: Era el que más lo merecía. Sedicioso, turbulento, calumniador, bribón, libertino, grosero, farsante y malvado peligroso, poseía el arte de engañar al pueblo y mereció, por lo tanto, el castigo de un reino en el estado en que se encontraba entonces el de Jerusalén. Fueron muy prudentes al deshacerse de él, y es quizás el solo caso en que mis máximas, extremadamente dulces y tolerantes por lo demás, admiten la severidad de Temis. Excuso todos los errores, salvo aquellos que pueden ser peligrosos para el gobierno en que se vive. Los reyes y sus majestades son las únicas cosas que se me imponen, las únicas que respeto, pues quien no ama a su país y a su rey, no es digno de vivir.

El Sacerdote: Pero, en fin, admitirás algo después de esta vida, es imposible que tu espíritu no se haya complacido, algunas veces, en atravesar la espesura tenebrosa de la suerte que nos espera. ¿Qué sistema puede ser más satisfactorio que el de una multitud de penas para quien vivió mal y el de una eternidad de recompensas para quien vivió bien?

El Moribundo: ¿Cuál, amigo mío? El sistema de la nada nunca me ha espantado: es consolador y simple. Todos los otros son obra del orgullo, sólo éste lo es de la razón. Por lo demás, no es ni espantosa ni absoluta esa nada. ¿No tengo ante mi vista el ejemplo de las generaciones y regeneraciones de la naturaleza? Nada perece, amigo mío, nada se destruye en el mundo. Hombre hoy, gusano mañana, pasado mañana mosca, ¿no es siempre existir? ¿Y por qué quieres que me recompensen por virtudes cuyo mérito no tengo, o me castiguen por crímenes cuyo dueño no he sido? ¿Puedes conciliar la bondad de tu pretendido dios con este sistema, y puede él haber querido crearme para darse el placer de castigarme, y esto sólo a consecuencia de una elección de la que no he sido dueño?

El Sacerdote: Lo eres.

El Moribundo: Sí, según tus prejuicios. Pero la razón los destruye. Y el sistema de la libertad humana sólo fue inventado para fabricar el de la gracia que llegó a ser tan favorable a tus desvaríos. ¿Qué hombre en el mundo, si viera el patíbulo junto al crimen, lo cometería si fuera libre de no cometerlo? Una fuerza irresistible nos arrastra, y ni por un instante somos dueños de determinarnos por nada que no esté del lado hacia el cual nos inclinamos. No hay una sola virtud que no sea necesaria a la naturaleza; y, reversiblemente, ni un solo crimen del que no tenga necesidad, y toda su ciencia consiste en el perfecto equilibrio en que mantiene a ambos. ¿Podemos ser culpables del lado hacia el que nos arroje? Tanto como la avispa que clava su aguijón en tu piel.

El Sacerdote: Así, pues, ¿los crímenes más grandes no deben inspirarnos ningún espanto?

El Moribundo: No he dicho eso. Basta que la ley lo condene y que la cuchilla de la justicia lo castigue para que nos inspire la aversión o el terror, pero desde que desdichadamente se haya cometido, hay que saber tomar su partido y no entregarse a estériles remordimientos. Su efecto es vano, pues no pudo preservarnos de él; nulo, pues no lo repara. Es absurdo, pues, entregarse a los remordimientos, y más absurdo aun temer el castigo en el otro mundo si somos bastante dichosos de haber escapado al castigo de éste. Dios no quiera que vaya con esto a estimular el crimen, hay que evitarlo tanto como se pueda, pero es por la razón que es necesario huirle, y no por falsos temores que no consiguen nada, y cuyo efecto se destruye tan rápido en un alma firme. La razón, amigo mío; sí, sólo la razón debe advertirnos que perjudicar a nuestros semejantes no puede jamás hacernos felices, y nuestro corazón, que contribuir a su felicidad es lo más grande que la naturaleza nos haya acordado en la tierra. Toda moral humana se encierra en esta sola frase: hacer a los demás tan felices como uno mismo desea serlo, y no causarles nunca. un mal que no quisiéramos recibir. Estos son, amigo mío, estos son los únicos principios que debemos seguir y no hay necesidad de religión ni de dios para apreciarlos y admitirlos: Sólo se necesita un buen corazón. Pero siento que me debilito, predicante. Abandona tus prejuicios, sé hombre, sé humano, sin temor y sin esperanza, abandona tus dioses y tus religiones. Todo esto sólo es bueno para poner cadenas en las manos de los hombres, y el solo nombre de todos estos horrores ha hecho verter más sangre en la tierra que todas las otras guerras y plagas juntas. Renuncia a la idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y de hacer la felicidad en éste. Esta es la única manera que te ofrece la naturaleza para duplicar o extender tu existencia. Amigo mío, la voluptuosidad siempre fue el más querido de mis bienes, le he ofrecido incienso toda mi vida, y quiero terminarla en sus brazos. Mi fin se aproxima. Seis mujeres más bellas que el día están en el cuarto vecino, las reservaba para este momento. Toma de ellas tu parte, trata de olvidar en su seno, a ejemplo mío, todos los vanos sofismas de la superstición y todo los imbéciles errores de la hipocresía.

Nota: El moribundo llamó, las mujeres entraron y el predicante se convirtió en sus brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar lo que era la naturaleza corrompida.

lunes, 1 de enero de 2007

Casa tomada

Casa tomada, Julio Cortázar


Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.



El rastro de tu sangre en la nieve

El rastro de tu sangre en la nieve, Gabriel García Márquez



Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un grande esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras. Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Ávila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella, y casi tan bello, y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de ambos era el automóvil platinado, cuyo interior exhalaba un aliento de bestia viva, como no se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía sin abrir. Ahí estaba, además, el saxofón tenor que había sido la pasión dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor contrariado de su tierno pandillero de balneario.

Cuando el guardia le devolvió los pasaportes sellados, Billy Sánchez le preguntó dónde podía encontrar una farmacia para hacerle una cura en el dedo a su mujer, y el guardia le gritó contra e1 viento que preguntaran en Indaya, del lado francés. Pero los guardias de Hendaya estaban sentados a la mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían pan mojado en tazones de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien alumbrada, y les bastó con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por señas que se internaran en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias veces la bocina, pero los guardias no entendieron que los llamaban, sino que uno de ellos abrió el cristal y les gritó con más rabia que el viento:

-Merde! Allez-vous-en!

Entonces Nena Daconte salió del automóvil envuelta con el abrigo hasta las orejas, y le preguntó al guardia en un francés perfecto dónde había una farmacia. El guardia contestó por costumbre con la boca llena de pan que eso no era asunto suyo. Y menos con semejante borrasca, y cerró la ventanilla. Pero luego se fijó con atención en la muchacha que se chupaba el dedo herido envuelta en el destello de los visones naturales, y debió confundirla con una aparición mágica en aquella noche de espantos, porque al instante cambió de humor. Explicó que la ciudad más cercana era Biarritz, pero que en pleno invierno y con aquel viento de lobos, tal vez no hubiera una farmacia abierta hasta Bayona, un poco más adelante.

-¿Es algo grave? -preguntó.

-Nada -sonrió Nena Daconte, mostrándole el dedo con la sortija de diamantes en cuya yema era apenas perceptible la herida de la rosa-. Es sólo un pinchazo.

Antes de Bayona volvió a nevar. No eran más de las siete, pero encontraron las calles desiertas y las casas cerradas por la furia de la borrasca, y al cabo de muchas vueltas sin encontrar una farmacia decidieron seguir adelante. Billy Sánchez se alegró con la decisión. Tenía una pasión insaciable por los automóviles raros y un papá con demasiados sentimientos de culpa y recursos de sobra para complacerlo, y nunca había conducido nada igual a aquel Bentley convertible de regalo de bodas. Era tanta su embriaguez en el volante, que cuanto más andaba menos cansado se sentía. Estaba dispuesto a llegar esa noche a Burdeos, donde tenían reservada la suite nupcial del hotel Splendid, y no habría vientos contrarios ni bastante nieve en el cielo para impedirlo. Nena Daconte, en cambio, estaba agotada, sobre todo por el último tramo de la carretera desde Madrid, que era una cornisa de cabras azotada por el granizo. Así que después de Bayona se enrolló un pañuelo en el anular apretándolo bien para detener la sangre que seguía fluyendo, y se durmió a fondo. Billy Sánchez no lo advirtió sino al borde de la media noche, después de que acabó de nevar y el viento se paró de pronto entre los pinos, y el cielo de las landas se llenó de estrellas glaciales. Había pasado frente a las luces dormidas de Burdeos, pero sólo se detuvo para llenar el tanque en una estación de la carretera pues aún le quedaban ánimos para llegar hasta París sin tomar aliento. Era tan feliz con su juguete grande de 25.000 libras esterlinas, que ni siquiera se preguntó si lo sería también la criatura radiante que dormía a su lado con la venda del anular empapada de sangre, y cuyo sueño de adolescente, por primera vez, estaba atravesado por ráfagas de incertidumbre.

Se habían casado tres días antes, a 10.000 kilómetros de allí, en Cartagena de Indias, con el asombro de los padres de él y la desilusión de los de ella, y la bendición personal del arzobispo primado. Nadie, salvo ellos mismos, entendía el fundamento real ni conoció el origen de ese amor imprevisible. Había empezado tres meses antes de la boda, un domingo de mar en que la pandilla de Billy Sánchez se tomó por asalto los vestidores de mujeres de los balnearios de Marbella. Nena Daconte había cumplido apenas dieciocho años, acababa de regresar del internado de la Châtellenie, en Saint-Blaise, Suiza, hablando cuatro idiomas sin acento y con un dominio maestro del saxofón tenor, y aquel era su primer domingo de mar desde el regreso. Se había desnudado por completo para ponerse el traje de baño cuando empezó la estampida de pánico y los gritos de abordaje en las casetas vecinas, pero no entendió lo que ocurría hasta que la aldaba de su puerta saltó en astillas y vio parado frente a ella al bandolero más hermoso que se podía concebir. Lo único que llevaba puesto era un calzoncillo lineal de falsa piel de leopardo, y tenía el cuerpo apacible y elástico y el color dorado de la gente de mar. En el puño derecho, donde tenía una esclava metálica de gladiador romano, llevaba enrollada una cadena de hierro que le servía de arma mortal, y tenía colgada del cuello una medalla sin santo que palpitaba en silencio con el susto del corazón. Habían estado juntos en la escuela primaria y habían roto muchas piñatas en las fiestas de cumpleaños, pues ambos pertenecían a la estirpe provinciana que manejaba a su arbitrio el destino de la ciudad desde los tiempos de la Colonia, pero habían dejado de verse tantos años que no se reconocieron a primera vista. Nena Daconte permaneció de pie, inmóvil, sin hacer nada por ocultar su desnudez intensa. Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido. Ella lo miró de frente y sin asombro.

-Los he visto más grandes y más firmes -dijo, dominando el terror-, de modo que piensa bien lo que vas a hacer, porque conmigo te tienes que comportar mejor que un negro.

En realidad, Nena Daconte no sólo era virgen sino que nunca hasta entonces había visto un hombre desnudo, pero el desafío le resultó eficaz. Lo único que se le ocurrió a Billy Sánchez fue tirar un puñetazo de rabia contra la pared con la cadena enrollada en la mano, y se astilló los huesos. Ella lo llevó en su coche al hospital, lo ayudó a sobrellevar la convalecencia, y al final aprendieron juntos a hacer el amor de la buena manera. Pasaron las tardes difíciles de junio en la terraza interior de la casa donde habían muerto seis generaciones de próceres en la familia de Nena Daconte, ella tocando canciones de moda en el saxofón, y él con la mano escayolada contemplándola desde el chinchorro con un estupor sin alivio. La casa tenía numerosas ventanas de cuerpo entero que daban al estanque de podredumbre de la bahía, y era una de las más grandes y antiguas del barrio de la Manga, y sin duda la más fea. Pero la terraza de baldosas ajedrezadas donde Nena Daconte tocaba el saxofón era un remanso en el calor de las cuatro, y daba a un patio de sombras grandes con palos de mango y matas de guineo, bajo los cuales había una tumba con una losa sin nombre, anterior a la casa y a la memoria de la familia. Aun los menos entendidos en música pensaban que el sonido del saxofón era anacrónico en una casa de tanta alcurnia. "Suena como un buque", había dicho la abuela de Nena Daconte cuando lo oyó por primera vez. Su madre había tratado en vano de que lo tocara de otro modo, y no como ella lo hacía por comodidad, con la falda recogida hasta los muslos y las rodillas separadas, y con una sensualidad que no le parecía esencial para la música. "No me importa qué instrumento toques" -le decía- "con tal de que lo toques con las piernas cerradas". Pero fueron esos aires de adioses de buques y ese encarnizamiento de amor los que le permitieron a Nena Daconte romper la cáscara amarga de Billy Sánchez. Debajo de la triste reputación de bruto que él tenía muy bien sustentada por la confluencia de dos apellidos ilustres, ella descubrió un huérfano asustado y tierno. Llegaron a conocerse tanto mientras se le soldaban los huesos de la mano, que él mismo se asombró de la fluidez con que ocurrió el amor cuando ella lo llevó a su cama de doncella una tarde de lluvias en que se quedaron solos en la casa. Todos los días a esa hora, durante casi dos semanas, retozaron desnudos bajo la mirada atónita de los retratos de guerreros civiles y abuelas insaciables que los habían precedido en el paraíso de aquella cama histórica. Aun en las pausas del amor permanecían desnudos con las ventanas abiertas respirando la brisa de escombros de barcos de la bahía, su olor a mierda, oyendo en el silencio del saxofón los ruidos cotidianos del patio, la nota única del sapo bajo las matas de guineo, la gota de agua en la tumba de nadie, los pasos naturales de la vida que antes no habían tenido tiempo de conocer.

Cuando los padres de Nena Daconte regresaron a la casa, ellos habían progresado tanto en el amor que ya no les alcanzaba el mundo para otra cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier parte, tratando de inventarlo otra vez cada vez que 1o hacían. Al principio lo hicieron como mejor podían en los carros deportivos con que el papá de Billy trataba de apaciguar sus propias culpas. Después, cuando los coches se les volvieron demasiado fáciles, se metían por la noche en las casetas desiertas de Marbella donde el destino los había enfrentado por primera vez, y hasta se metieron disfrazados durante el carnaval de noviembre en los cuartos de alquiler del antiguo barrio de esclavos de Getsemaní, al amparo de las mamasantas que hasta hacía pocos meses tenían que padecer a Billy Sánchez con su pandilla de cadeneros. Nena Daconte se entregó a los amores furtivos con la misma devoción frenética que antes malgastaba en el saxofón, hasta el punto de que su bandolero domesticado terminó por entender lo que ella quiso decirle cuando le dijo que tenía que comportarse como un negro. Billy Sánchez le correspondió siempre y bien, y con el mismo alborozo. Ya casados, cumplieron con el deber de amarse mientras las azafatas dormían en mitad del Atlántico, encerrados a duras penas y más muertos de risa que de placer en el retrete del avión. Sólo ellos sabían entonces, 24 horas después de la boda, que Nena Daconte estaba encinta desde hacía dos meses.

De modo que cuando llegaron a Madrid se sentían muy lejos de ser dos amantes saciados, pero tenían bastantes reservas para comportarse como recién casados puros. Los padres de ambos lo habían previsto todo. Antes del desembarco, un funcionario de protocolo subió a la cabina de primera clase para llevarle a Nena Daconte el abrigo de visón blanco con franjas de un negro luminoso, que era el regalo de bodas de sus padres. A Billy Sánchez le llevó una chaqueta de cordero que era la novedad de aquel invierno, y las llaves sin marca de un coche de sorpresa que le esperaba en el aeropuerto.

La misión diplomática de su país los recibió en el salón oficial. El embajador y su esposa no sólo eran amigos desde siempre de la familia de ambos, sino que él era el médico que había asistido al nacimiento de Nena Daconte, y la esperó con un ramo de rosas tan radiantes y frescas, que hasta las gotas de rocío parecían artificiales. Ella los saludó a ambos con besos de burla, incómoda con su condición un poco prematura de recién casada, y luego recibió las rosas. Al cogerlas se pinchó el dedo con una espina del tallo, pero sorteó el percance con un recurso encantador.

-Lo hice adrede -dijo- para que se fijaran en mi anillo.

En efecto, la misión diplomática en pleno admiró el esplendor del anillo, calculando que debía costar una fortuna no tanto por la clase de los diamantes como por su antigüedad bien conservada. Pero nadie advirtió que el dedo empezaba a sangrar. La atención de todos derivó después hacia el coche nuevo. El embajador había tenido el buen humor de llevarlo al aeropuerto, y de hacerlo envolver en papel celofán con un enorme lazo dorado. Billy Sánchez no apreció su ingenio. Estaba tan ansioso por conocer el coche que desgarró la envoltura de un tirón y se quedó sin aliento. Era el Bentley convertible de ese año con tapicería de cuero legítimo. El cielo parecía un manto de ceniza, el Guadarrama mandaba un viento cortante y helado, y no se estaba bien a la intemperie, pero Billy Sánchez no tenía todavía la noción del frío. Mantuvo a la misión diplomática en el estacionamiento sin techo, inconsciente de que se estaban congelando por cortesía, hasta que terminó de reconocer el coche en sus detalles recónditos. Luego el embajador se sentó a su lado para guiarlo hasta la residencia oficial donde estaba previsto un almuerzo. En el trayecto le fue indicando los lugares más conocidos de la ciudad, pero él sólo parecía atento a la magia del coche.

Era la primera vez que salía de su tierra. Había pasado por todos los colegios privados y públicos, repitiendo siempre el mismo curso, hasta que se quedó flotando en un limbo de desamor. La primera visión de una ciudad distinta de la suya, los bloques de casas cenicientas con las luces encendidas a pleno día, los árboles pelados, el mar distante, todo le iba aumentando un sentimiento de desamparo que se esforzaba por mantener al margen del corazón. Sin embargo, poco después cayó sin darse cuenta en la primera trampa del olvido. Se habla precipitado una tormenta instantánea y silenciosa, la primera de la estación, y cuando salieron de la casa del embajador después del almuerzo para emprender el viaje hacia Francia, encontraron la ciudad cubierta de una nieve radiante. Billy Sánchez se olvidó entonces del coche, y en presencia de todos, dando gritos de júbilo y echándose puñados de polvo de nieve en la cabeza, se revolcó en mitad de la calle con el abrigo puesto.

Nena Daconte se dio cuenta por primera vez de que el dedo estaba sangrando, cuando salieron de Madrid en una tarde que se había vuelto diáfana después de la tormenta. Se sorprendió, porque había acompañado con el saxofón a la esposa del embajador, a quien le gustaba cantar arias de ópera en italiano después de los almuerzos oficiales, y apenas si notó la molestia en el anular. Después, mientras le iba indicando a su marido las rutas más cortas hacia la frontera, se chupaba el dedo de un modo inconsciente cada vez que le sangraba, y sólo cuando llegaron a los Pirineos se le ocurrió buscar una farmacia. Luego sucumbió a los sueños atrasados de los últimos días, y cuando despertó de pronto con la impresión de pesadilla de que el coche andaba por el agua, no se acordó más durante un largo rato del pañuelo amarrado en el dedo. Vio en el reloj luminoso del tablero que eran más de las tres, hizo sus cálculos mentales, y sólo entonces comprendió que habían seguido de largo por Burdeos, y también por Angulema y Poitiers, y estaban pasando por el dique de Loira inundado por la creciente. El fulgor de la luna se filtraba a través de la neblina, y las siluetas de los castillos entre los pinos parecían de cuentos de fantasmas. Nena Daconte, que conocía la región de memoria, calculó que estaban ya a unas tres horas de París, y Billy Sánchez continuaba impávido en el volante.

-Eres un salvaje -le dijo-. Llevas más de once horas manejando sin comer nada.

Estaba todavía sostenido en vilo por la embriaguez del coche nuevo. A pesar de que en el avión había dormido poco y mal, se sentía despabilado y con fuerzas de sobra para llegar a París al amanecer.

-Todavía me dura el almuerzo de la embajada -dijo-. Y agregó sin ninguna lógica: Al fin y al cabo, en Cartagena están saliendo apenas del cine. Deben ser como las diez.

Con todo Nena Daconte temía que él se durmiera conduciendo. Abrió una caja de entre los tantos regalos que les habían hecho en Madrid y trató de meterle en la boca un pedazo de naranja azucarada. Pero él la esquivó.

-Los machos no comen dulces -dijo.

Poco antes de Orleáns se desvaneció la bruma, y una luna muy grande iluminó las sementeras nevadas, pero el tráfico se hizo más difícil por la confluencia de los enormes camiones de legumbres y cisternas de vinos que se dirigían a París. Nena Daconte hubiera querido ayudar a su marido en el volante, pero ni siquiera se atrevió a insinuarlo, porque é le había advertido desde la primera vez en que salieron juntos que no hay humillación más grande para un hombre que dejarse conducir por su mujer. Se sentía lúcida después de casi cinco horas de buen sueño, y estaba además contenta de no haber parado en un hotel de la provincia de Francia, que conocía desde muy niña en numerosos viajes con sus padres. "No hay paisajes más bellos en el mundo", decía, "pero uno puede morirse de sed sin encontrar a nadie que le dé gratis un vaso de agua." Tan convencida estaba, que a última hora había metido un jabón y un rollo de papel higiénico en el maletín de mano, porque en los hoteles de Francia nunca había jabón, y el papel de los retretes eran los periódicos de la semana anterior cortados en cuadritos y colgados de un gancho. Lo único que lamentaba en aquel momento era haber desperdiciado una noche entera sin amor. La réplica de su marido fue inmediata.

-Ahora mismo estaba pensando que debe ser del carajo tirar en la nieve -dijo-. Aquí mismo, si quieres.

Nena Daconte lo pensó en serio. Al borde de la carretera, la nieve bajo la luna tenía un aspecto mullido y cálido, pero a medida que se acercaban a los suburbios de París el tráfico era más intenso, y había núcleos de fábricas iluminadas y numerosos obreros en bicicleta. De no haber sido invierno, estarían ya en pleno día.

-Ya será mejor esperar hasta París -dijo Nena Daconte-. Bien calienticos y en una cama con sábanas limpias, como la gente casada.

-Es la primera vez que me fallas -dijo él.

-Claro -replicó ella-. Es la primera vez que somos casados.

Poco antes de amanecer se lavaron la cara y orinaron en una fonda del camino, y tomaron café con croissants calientes en el mostrador donde los camioneros desayunaban con vino tinto. Nena Daconte se había dado cuenta en el baño de que tenía manchas de sangre en la blusa y la falda, pero no intentó lavarlas. Tiró en la basura el pañuelo empapado, se cambió el anillo matrimonial para la mano izquierda y se lavó bien el dedo herido con agua y jabón. El pinchazo era casi invisible. Sin embargo, tan pronto como regresaron al coche volvió a sangrar, de modo que Nena Daconte dejó el brazo colgando fuera de la ventana, convencida de que el aire glacial de las sementeras tenía virtudes de cauterio. Fue otro recurso vano pero todavía no se alarmó. "Si alguien nos quiere encontrar será muy fácil", dijo con su encanto natural. "Sólo tendrá que seguir el rastro de mi sangre en la nieve." Luego pensó mejor en lo que había dicho y su rostro floreció en las primeras luces del amanecer.

-Imagínate -dijo: -un rastro de sangre en la nieve desde Madrid hasta París. ¿No te parece bello para una canción?

No tuvo tiempo de volverlo a pensar. En los suburbios de París, el dedo era un manantial incontenible, y ella sintió de veras que se le estaba yendo el alma por la herida. Había tratado de segar el flujo con el rollo de papel higiénico que llevaba en el maletín, pero más tardaba en vendarse el dedo que en arrojar por la ventana las tiras del papel ensangrentado. La ropa que llevaba puesta, el abrigo, los asientos del coche, se iban empapando poco a poco de un modo irreparable. Billy Sánchez se asustó en serio e insistió en buscar una farmacia, pero ella sabía entonces que aquello no era asunto de boticarios.

-Estamos casi en la Puerta de Orleáns -dijo-. Sigue de por la avenida del general Leclerc, que es la más ancha y con muchos árboles, y después yo te voy diciendo lo que haces.

Fue el trayecto más arduo de todo el viaje. La avenida del General Leclerc era un nudo infernal de automóviles pequeños y bicicletas, embotellados en ambos sentidos, y de los camiones enormes que trataban de llegar a los mercados centrales. Billy Sánchez se puso tan nervioso con el estruendo inútil de las bocinas, que se insultó a gritos en lengua de cadeneros con varios conductores y hasta trató de bajarse del coche para pelearse con uno, pero Nena Daconte logró convencerlo de que los franceses eran la gente más grosera del mundo, pero no se golpeaban nunca. Fue una prueba más de su buen juicio, porque en aquel momento Nena Daconte estaba haciendo esfuerzos para no perder la conciencia.

Sólo para salir de la glorieta del León de Belfort necesitaron más de una hora. Los cafés y almacenes estaban iluminados como si fuera la media noche, pues era un martes típico de los eneros de París, encapotados y sucios y con una llovizna tenaz que no alcanzaba a concretarse en nieve. Pero la avenida Denfer­Rochereau estaba más despejada, y al cabo de unas pocas cuadras Nena Daconte le indicó a su marido que doblara a la derecha, y estacionó frente a la entrada de emergencia de un hospital enorme y sombrío.

Necesitó ayuda para salir del coche, pero no perdió la serenidad ni la lucidez. Mientras llegaba el médico de turno, acostada en la camilla rodante, contestó a la enfermera el cuestionario de rutina sobre su identidad y sus antecedentes de salud. Billy Sánchez le llevó el bolso y le apretó la mano izquierda donde entonces llevaba el anillo de bodas, y la sintió lánguida y fría, y sus labios habían perdido el color. Permaneció a su lado, con la mano en la suya, hasta que llegó el médico de turno y le hizo un examen rápido al anular herido. Era un hombre muy joven, con la piel del color del cobre antiguo y la cabeza pelada. Nena Daconte no le prestó atención sino que dirigió a su marido una sonrisa lívida.

-No te asustes -le dijo, con su humor invencible-. Lo único que puede suceder es que este caníbal me corte la mano para comérsela.

El médico concluyó el examen, y entonces los sorprendió con un castellano muy correcto aunque con raro acento asiático.

-No, muchachos -dijo-. Este caníbal prefiere morirse de hambre antes que cortar una mano tan bella.

Ellos se ofuscaron pero el médico los tranquilizó con un gesto amable. Luego ordenó que se llevaran la camilla, y Billy Sánchez quiso seguir con ella cogido de la mano de su mujer. El médico lo detuvo por el brazo.

-Usted no -le dijo-. Va para cuidados intensivos.

Nena Daconte le volvió a sonreír al esposo, y le siguió diciendo adiós con la mano hasta que la camilla se perdió en el fondo del corredor. El médico se retrasó estudiando los datos que la enfermera había escrito en una tablilla. Billy Sánchez lo llamó.

-Doctor -le dijo-. Ella está encinta.

-¿Cuánto tiempo?

-Dos meses.

El médico no le dio la importancia que Billy Sánchez esperaba. "Hizo bien en decírmelo," dijo, y se fue detrás de la camilla. Billy Sánchez se quedó parado en la sala lúgubre olorosa a sudores de enfermos, se quedó sin saber qué hacer mirando el corredor vacío por donde se habían llevado a Nena Daconte, y luego se sentó en el escaño de madera donde había otras personas esperando. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero cuando decidió salir del hospital era otra vez de noche y continuaba la llovizna, y él seguía sin saber ni siquiera qué hacer consigo mismo, abrumado por el peso del mundo.

Nena Daconte ingresó a las 9:30 del martes 7 de enero, según lo pude comprobar años después en los archivos del hospital. Aquella primera noche, Billy Sánchez durmió en el coche estacionado frente a la puerta de urgencias y muy temprano al día siguiente se comió seis huevos cocidos y dos tazas de café con leche en la cafetería que encontró más cerca, pues no había hecho una comida completa desde Madrid. Después volvió a la sala de urgencias para ver a Nena Daconte pero le hicieron entender que debía dirigirse a la entrada principal. Allí consiguieron, por fin, un asturiano del servicio que lo ayudó a entenderse con el portero, y éste comprobó que en efecto Nena Daconte estaba registrada en el hospital, pero que sólo se permitían visitas los martes de nueve a cuatro. Es decir, seis días después. Trató de ver al médico que hablaba castellano, a quien describió como un negro con la cabeza pelada, pero nadie le dio razón con dos detalles tan simples.

Tranquilizado con la noticia de que Nena Daconte estaba en el registro, volvió al lugar donde había dejado el coche, y un agente de tránsito lo obligó a estacionar dos cuadras más adelante, en una calle muy estrecha y del lado de los números impares. En la acera de enfrente había un edificio restaurado con un letrero: "Hotel Nicole". Tenía una sola estrella, y una sala de recibo muy pequeña donde no había más que un sofá y un viejo piano vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los clientes en cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el único cuarto libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, a donde se llegaba sin aliento por una escalera en espiral que olía a espuma de coliflores hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes y por la única ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior. Había una cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro del cuarto era acostado en la cama. Todo era peor que viejo, desventurado, pero también muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente.

A Billy Sánchez no le habría alcanzado la vida para descifrar los enigmas de ese mundo fundado en el talento de la cicatería. Nunca entendió el misterio de la luz de la escalera que se apagaba antes de que él llegara a su piso, ni descubrió la manera de volver a encenderla. Necesitó media mañana para aprender que en el rellano de cada piso habla un cuartito con un excusado de cadena, y ya había decidido usarlo en las tinieblas cuando descubrió por casualidad que la luz se encendía al pasar el cerrojo por dentro, para que nadie la dejara encendida por olvido. La ducha, que estaba en el extremo del corredor y que él se empeñaba en usar des veces al día como en su tierra, se pagaba aparte y de contado, y el agua caliente, controlada desde la administración, se acababa a los tres minutos. Sin embargo, Billy Sánchez tuvo bastante claridad de juicio para comprender que aquel orden tan distinto del suyo era de todos modos mejor que la intemperie de enero, se sentía además tan ofuscado y solo que no podía entender cómo pudo vivir alguna vez sin el amparo de Nena Daconte.

Tan pronto como subió al cuarto, la mañana del miércoles, se tiró bocabajo en la cama con el abrigo puesto pensando en la criatura de prodigio que continuaba desangrándose en la acerca de enfrente, y muy pronto sucumbió en un sueño tan natural que cuando despertó eran las cinco en el reloj, pero no pudo deducir si eran las cinco de la tarde o del amanecer, ni de qué día de la semana ni en qué ciudad de vidrios azotados por el viento y la lluvia. Esperó despierto en la cama, siempre pensando en Nena Daconte, hasta que pudo comprobar que en realidad amanecía. Entonces fue a desayunar a la misma cafetería del día anterior, y allí pudo establecer que era jueves. Las luces del hospital estaban encendidas y había dejado de llover, de modo que permaneció recostado en el tronco de un castaño frente a la entrada principal, por donde entraban y salían médicos y enfermeras de batas blancas, con la esperanza de encontrar al médico asiático que había recibido a Nena Daconte. No lo vio, ni tampoco esa tarde después del almuerzo, cuando tuvo que desistir de la espera porque se estaba congelando. A las siete se tomó otro café con leche y se comió dos huevos duros que él mismo cogió en el aparador después de cuarenta y ocho horas de estar comiendo la misma cosa en el mismo lugar. Cuando volvió al hotel para acostarse, encontró su coche solo en una acera y todos los demás en la acera de enfrente, y tenía puesta la noticia de una multa en el parabrisas. Al portero del Hotel Nicole le costó trabajo explicarle que en los días impares del mes se podía estacionar en la acera de números impares, y al día siguiente en la acera contraria. Tantas artimañas racionalistas resultaban incomprensibles para un Sánchez de Ávila de los más acendrados que apenas dos años antes se había metido en un cine de barrio con el automóvil oficial del alcalde mayor, y había causado estragos de muerte ante los policías impávidos. Entendió menos todavía cuando el portero del hotel le aconsejó que pagara la multa, pero que no cambiara el coche de lugar a esa hora, porque tendría que cambiarlo otra vez a las doce de la noche. Aquella madrugada, por primera vez, no pensó sólo en Nena Daconte, sino que daba vueltas en la cama sin poder dormir, pensando en sus propias noches de pesadumbre en las cantinas de maricas del mercado público de Cartagena del Caribe. Se acordaba del sabor del pescado frito y el arroz de coco en las fondas del muelle donde atracaban las goletas de Aruba. Se acordó de su casa con las paredes cubiertas de trinitarias, donde serían apenas las siete de la noche de ayer, y vio a su padre con una pijama de seda leyendo el periódico en el fresco de la terraza.

Se acordó de su madre, de quien nunca se sabía dónde estaba a ninguna hora, su madre apetitosa y lenguaraz, con un traje de domingo y una rosa en la oreja desde el atardecer, ahogándose de calor por el estorbo de sus tetas espléndidas. Una tarde, cuando él tenía siete años, había entrado de pronto en el cuarto de ella y la había sorprendido desnuda en la cama con uno de sus amantes casuales. Aquel percance del que nunca había hablado, estableció entre ellos una relación de complicidad que era más útil que el amor. Sin embargo, él no fue consciente de eso, ni de tantas cosas terribles de su soledad de hijo único, hasta esa noche en que se encontró dando vueltas en la cama de una mansarda triste de París, sin nadie a quién contarle su infortunio, y con una rabia feroz contra sí mismo porque no podía soportar las ganas de llorar.

Fue un insomnio provechoso. El viernes se levantó estropeado por la mala noche, pero resuelto a definir su vida. Se decidió por fin a violar la cerradura de su maleta para cambiarse de ropa pues las llaves de todas estaban en el bolso de Nena Daconte, con la mayor parte del dinero y la libreta de teléfonos donde tal vez hubiera encontrado el número de algún conocido de París. En la cafetería de siempre se dio cuenta de que había aprendido a saludar en francés y a pedir sanduiches de jamón y café con leche. También sabía que nunca le sería posible ordenar mantequilla ni huevos en ninguna forma, porque nunca los aprendería a decir, pero la mantequilla la servían siempre con el pan, y los huevos duros estaban a la vista en el aparador y se cogían sin pedirlos. Además, al cabo de tres días, el personal de servicio se habla familiarizado con él, y lo ayudaban a explicarse. De modo que el viernes al almuerzo, mientras trataba de poner la cabeza en su puesto, ordenó un filete de ternera con papas fritas y una botella de vino. Entonces se sintió tan bien que pidió otra botella, la bebió hasta la mitad, y atravesó la calle con la resolución firme de meterse en el hospital por la fuerza. No sabia dónde encontrar a Nena Daconte, pero en su mente estaba fija la imagen providencial del médico asiático, y estaba seguro de encontrarlo. No entró por la puerta principal sino por la de urgencias, que le había parecido menos vigilada, pero no alcanzó a llegar más allá del corredor donde Nena Daconte le había dicho adiós con la mano. Un guardián con la bata salpicada de sangre le preguntó algo al pasar, y él no le prestó atención. El guardián lo siguió, repitiendo siempre la misma pregunta en francés, y por último lo agarró del brazo con tanta fuerza que lo detuvo en seco. Billy Sánchez trató de sacudírselo con un recurso de cadenero, y entonces el guardián se cagó en su madre en francés, le torció el brazo en la espalda con una llave maestra, y sin dejar de cagarse mil veces en su puta madre lo llevó casi en vilo hasta la puerta, rabiando de dolor, y lo tiró como un bulto de papas en la mitad de la calle.

Aquella tarde, dolorido por el escarmiento, Billy Sánchez empezó a ser adulto. Decidió, como lo hubiera hecho Nena Daconte, acudir a su embajador. El portero del hotel, que a pesar de su catadura huraña era muy servicial, y además muy paciente con los idiomas, encontró el número y la dirección de la embajada en el directorio telefónico, y se los anotó en una tarjeta. Contestó una mujer muy amable, en cuya voz pausada y sin brillo reconoció Billy Sánchez de inmediato la dicción de los Andes. Empezó por anunciarse con su nombre completo, seguro de impresionar a la mujer con sus dos apellidos, pero la voz no se alteró en el teléfono. La oyó explicar la lección de memoria de que el señor embajador no estaba por el momento en su oficina, que no lo esperaban hasta el día siguiente, pero que de todos modos no podía recibirlo sino con cita previa y sólo para un caso especial. Billy Sánchez comprendió entonces que por ese camino tampoco llegaría hasta Nena Daconte, y agradeció la información con la misma amabilidad con que se la habían dado. Luego tomó un taxi y se fue a la embajada.

Estaba en el número 22 de la calle Elíseo, dentro de uno de los sectores más apacibles de París, pero lo único que le impresionó a Billy Sánchez, según él mismo me contó en Cartagena de Indias muchos años después, fue que el sol estaba tan claro como en el Caribe por la primera vez desde su llegada, y que la Torre Eiffel sobresalía por encima de la ciudad en un cielo radiante. El funcionario que lo recibió en lugar del embajador parecía apenas restablecido de una enfermedad mortal, no sólo por el vestido de paño negro, el cuello opresivo y la corbata de luto, sino también por el sigilo de sus ademanes y la mansedumbre de la voz. Entendió la ansiedad de Billy Sánchez, pero le recordó, sin perder la dulzura, que estaban en un país civilizado cuyas normas estrictas se fundamentaban en criterios muy antiguos y sabios, al contrario de las Américas bárbaras, donde bastaba con sobornar al portero para entrar en los hospitales. "No, mi querido joven," le dijo. No había más remedio que someterse al imperio de la razón, y esperar hasta el martes.

-Al fin y al cabo, ya no faltan sino cuatro días -concluyó-. Mientras tanto, vaya al Louvre. Vale la pena.

Al salir Billy Sánchez se encontró sin saber qué hacer en la Plaza de la Concordia. Vio la Torre Eiffel por encima de los tejados, y le pareció tan cercana que trató de llegar hasta ella caminando por los muelles. Pero muy pronto se dio cuenta de que estaba más lejos de lo que parecía, y que además cambiaba de lugar a medida que la buscaba. Así que se puso a pensar en Nena Daconte sentado en un banco de la orilla del Sena. Vio pasar los remolcadores por debajo de los puentes, y no le parecieron barcos sino casas errantes con techos colorados y ventanas con tiestos de flores en el alféizar, y alambres con ropa puesta a secar en los planchones. Contempló durante un largo rato a un pescador inmóvil, con la caña inmóvil y el hilo inmóvil en la corriente, y se cansó de esperar a que algo se moviera, hasta que empezó a oscurecer y decidió tomar un taxi para regresar al hotel. Sólo entonces cayó en la cuenta de que ignoraba el nombre y la dirección y de que no tenía la menor idea del sector de París en donde estaba el hospital.

Ofuscado por el pánico, entró en el primer café que encontró, pidió un cogñac y trató de poner sus pensamientos en orden. Mientras pensaba se vio repetido muchas veces y desde ángulos distintos en los espejos numerosos de las paredes, y se encontró asustado y solitario, y por primera vez desde su nacimiento pensó en la realidad de la muerte. Pero con la segunda copa se sintió mejor, y tuvo la idea providencial de volver a la embajada. Buscó la tarjeta en el bolsillo para recordar el nombre de la calle, y descubrió que en el dorso estaba impreso el nombre y la dirección del hotel. Quedó tan mal impresionado con aquella experiencia, que durante el fin de semana no volvió a salir del cuarto sino para comer, y para cambiar el coche a la acera correspondiente. Durante tres días cayó sin pausas la misma llovizna sucia de la mañana en que llegaron. Billy Sánchez, que nunca había leído un libro completo, hubiera querido tener uno para no aburrirse tirado en la cama, pero los únicos que encontró en las maletas de su esposa eran en idiomas distintos del castellano. Así que siguió esperando el martes, contemplando los pavorreales repetidos en el papel de las paredes y sin dejar de pensar un solo instante en Nena Daconte. El lunes puso un poco de orden en el cuarto, pensando en lo que diría ella si lo encontraba en ese estado, y sólo entonces descubrió que el abrigo de visón estaba manchado de sangre seca. Pasó la tarde lavándolo con el jabón de olor que encontró en el maletín de mano, hasta que logró dejarlo otra vez como lo habían subido al avión en Madrid.

El martes amaneció turbio y helado, pero sin la llovizna, y Billy Sánchez se levantó desde las seis, y esperó en la puerta del hospital junto con una muchedumbre de parientes de enfermos cargados de paquetes de regalos y ramos de flores. Entró con el tropel, llevando en el brazo el abrigo de visón, sin preguntar nada y sin ninguna idea de dónde podía estar Nena Daconte, pero sostenido por la certidumbre de que había de encontrar al médico asiático. Pasó por un patio interior muy grande con flores y pájaros silvestres, a cuyos lados estaban los pabellones de los enfermos: las mujeres, a la derecha, y los hombres, a la izquierda. Siguiendo a los visitantes, entró en el pabellón de mujeres. Vio una larga hilera de enfermas sentadas en las camas con el camisón de trapo del hospital, iluminadas por las luces grandes de las ventanas, y hasta pensó que todo aquello era más alegre de lo que se podía imaginar desde fuera. Llegó hasta el extremo del corredor, y luego lo recorrió de nuevo en sentido inverso, hasta convencerse de que ninguna de las enfermas era Nena Daconte. Luego recorrió otra vez la galería exterior mirando por la ventana de los pabellones masculinos, hasta que creyó reconocer al médico que buscaba.

Era él, en efecto. Estaba con otros médicos y varias enfermeras, examinando a un enfermo. Billy Sánchez entró en el pabellón, apartó a una de las enfermeras del grupo, y se paró frente al médico asiático, que estaba inclinado sobre el enfermo. Lo llamó. El médico levantó sus ojos desolados, pensó un instante, y entonces lo reconoció.

-¡Pero dónde diablos se había metido usted! -dijo.

Billy Sánchez se quedó perplejo.

-En el hotel -dijo-. Aquí a la vuelta.

Entonces lo supo. Nena Daconte había muerto desangrada a las 7:10 de la noche del jueves 9 de enero, después de setenta horas de esfuerzos inútiles de los especialistas mejor calificados de Francia. Hasta el último instante había estado lúcida y serena, y dio instrucciones para que buscaran a su marido en el hotel Plaza Athenée, tenían una habitación reservada, y dio los datos para que se pusieran en contacto con sus padres. La embajada había sido informada el viernes por un cable urgente de su cancillería, cuando ya los padres de Nena Daconte volaban hacia París. El embajador en persona se encargó de los trámites de embalsamamiento y los funerales, y permaneció en contacto con la Prefectura de Policía de París para localizar a Billy Sánchez. Un llamado urgente con sus datos personales fue transmitido desde la noche del viernes hasta la tarde del domingo a través de la radio y la televisión, y durante esas 40 horas fue el hombre más buscado de Francia. Su retrato, encontrado en el bolso de Nena Daconte, estaba expuesto por todas partes. Tres Bentleys convertibles del mismo modelo habían sido localizados, pero ninguno era el suyo.

Los padres de Nena Daconte habían llegado el sábado al mediodía, y velaron el cadáver en la capilla del hospital esperando hasta última hora encontrar a Billy Sánchez. También los padres de éste habían sido informados, y estuvieron listos para volar a París, pero al final desistieron por una confusión de telegramas. Los funerales tuvieron lugar el domingo a las dos de la tarde, a sólo doscientos metros del sórdido cuarto del hotel donde Billy Sánchez agonizaba de soledad por el amor de Nena Daconte. El funcionario que lo había atendido en la embajada me dijo años más tarde que él mismo recibió el telegrama de su cancillería una hora después de que Billy Sánchez salió de su oficina, y que estuvo buscándolo por los bares sigilosos del Faubourg-St. Honoré. Me confesó que no le había puesto mucha atención cuando lo recibió, porque nunca se hubiera imaginado que aquel costeño aturdido con la novedad de París, y con un abrigo de cordero tan mal llevado, tuviera a su favor un origen tan ilustre. El mismo domingo por la noche, mientras él soportaba las ganas de llorar de rabia, los padres de Nena Daconte desistieron de la búsqueda y se llevaron el cuerpo embalsamado dentro de un ataúd metálico, y quienes alcanzaron a verlo siguieron repitiendo durante muchos años que no habían visto nunca una mujer más hermosa, ni viva ni muerta. De modo que cuando Billy Sánchez entró por fin al hospital, el martes por la mañana, ya se había consumado el entierro en el triste panteón de la Manga, a muy pocos metros de la casa donde ellos habían descifrado las primeras claves de la felicidad. El médico asiático que puso a Billy Sánchez al corriente de la tragedia quiso darle unas pastillas calmantes en la sala del hospital, pero él las rechazó. Se fue sin despedirse, sin nada qué agradecer, pensando que lo único que necesitaba con urgencia era encontrar a alguien a quien romperle la madre a cadenazos para desquitarse de su desgracia. Cuando salió del hospital, ni siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en las calles de París había un aire de fiesta, porque era la primera nevada grande en diez años.